martes, 5 de diciembre de 2017

Carmen Linares, El Pele, José de la Tomasa y Rosalía, atractivos de los Jueves Flamencos 2018

El ciclo llega a su XXII edición, amplía su oferta a las nueve galas y comenzará el 11 de enero en Ontañón con Ezequiel Benítez

La XXII edición de los Jueves Flamencos, que se presentó ayer en el mismísimo escenario del Teatro Bretón, vendrá cargadísima tanto de novedades como de interés para los aficionados, ya que además de crecer en una actuación hasta llegar a la friolera de nueve conciertos (el primero en Bodegas Ontañón el 11 de enero), cuatro en el Salón de Columnas y el resto en la sala grande, ahonda en la búsqueda de nuevos valores y en la presencia de tres nombres consagradísimos: Carmen Linares, José de la Tomasa y ‘El Pele’, tres veteranos del abono que representan los pilares esenciales de un ciclo con dos galas de danza (Rafaela Carrasco y Pepe Torres) y la apuesta decidida por jóvenes y renovadoras voces de lo jondo: Ezequiel Benítez, María Mezcle, Miguel de Tena y especialmente Rosalía, una catalana ecléctica y sorprendente que transita con su voz por espacios inesperadamente flamencos y contemporáneos. Vuelve a Logroño la dama del cante flamenco, Carmen Linares, que llevaba desde el 2011 sin acercarse por La Rioja. Y lo hará además con el espectáculo ‘Verso a verso’, un trabajo musical basado en Miguel Hernández. Uno de sus mejores discos fue ‘Locura de brisa y trino’, con la inspiración en Juan Ramón Jiménez y la guitarra de Manolo Sanlúcar. Carmen Linares actuará con el toque de Salvador Gutiérrez, que el año pasado vino con Mayte Martín. Otro de los grandes nombres es José de la Tomasa, otro cantaor piedra angular del clasicismo. El de la Tomasa ha estado varias veces en Logroño y todas sus actuaciones han sido verdaderos prodigios de conocimiento y sabiduría. Viene con Manolo Franco al toque y con la voz de Segundo Falcón, dos maestros de primerísima fila.

El trío de las voces consagradas lo cerrará ‘El Pele’. Manuel Moreno Maya nació en Córdoba en enero de 1954 en el seno de una familia gitana por los cuatro costados. A través de ella le llegaron los primeros impulsos flamencos, las primeras semillas jondas que habrían de germinar en su corazón gitano y musical. Un día veraniego del año 1990, David Bowie escuchó un disco suyo. Tan impresionado quedó por su arte, que decidió llevarlo para que abriera sus conciertos. Así lo hizo en Madrid y en Barcelona. Antes había sido Prince el que se había quedado fascinado por el arte gitano y jondo de este cordobés que no dejará a nadie indiferente. Una de las voces más esperadas será la de Rosalía (Sant Esteve Sesrovires, 1991), una barcelonesa insultantemente joven que a la que llaman la Patti Smith del flamenco por la forma tan personal de deshacer y rehacer los palos. Rosalía es perfectamente conocedora de la tradición, pero con actitud contemporánea y gran dedicación al estudio del cante. Su voz emociona tanto en los planos finos como en los momentos en que saca a pasear a la bestia que lleva dentro. Puede causar conmoción en el Salón de Columnas, donde actuará con un guitarrista sencillamente extraordinario: Alfredo Lagos. Las voces jóvenes las cierran María Mezcle (descendiente de María Vargas), el extremeño Miguel de Tena y Ezquiel Benítez, que estrenará el ciclo en Bodegas Ontañón. La danza tendrá dos capítulos: Rafaela Carrasco con su compañía con una obra llamada ‘Nacida sombra’, que versa sobre las mujeres del Siglo de Oro, y Pepe Torres, en un aire más clásico, que cerrará el ciclo el 26 de abril con una obra donde impera la danza pero en el que la guitarra de El Perla tendrá una grandísima importancia.

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domingo, 3 de diciembre de 2017

El CENTENARIO DE MANOLETE Y SU ÚLTIMA TARDE EN PAMPLONA

El califa cordobés cortó los máximos trofeos el 10 de julio de 1947 en una legendaria corrida de Urquijo en la que el toro Semillero había matado dos mozos navarros en el encierro


Pablo García-Mancha. Pamplona (*)
La mañana del diez de julio de 1947 Pamplona amaneció sombría, aunque casi nadie era consciente del negro nubarrón que estaba a punto de cernirse sobre el encierro minutos después de las siete de la mañana.


Era uno de los días grandes y más esperados de San Fermín: Manuel Rodríguez Manolete, el Monstruo, toreaba por la tarde y la ciudad hervía al compás de un acontecimiento que se presagiaba extraordinario, como si ahora, setenta años después, el misterioso José Tomás decidiera hacer el paseíllo en la Feria del Toro. Los precios de las entradas se habían desbocado; barreras a trescientas pesetas, tendidos de sol a más de treinta y se había desatado una verdadera locura en la reventa, donde algunos relatos periodísticos especulaban con que se llegó a pagar la friolera de 1.600 pesetas por localidades bajas de los tendidos de sombra, especialmente los más próximos al burladero porque eran los mejores para contemplar lo más cerca posible la ascética figura del torero de Córdoba, el Califa, el ser humano más idolatrado de la gris España de la posguerra. Era la cuarta corrida de la feria, la única de Manolete en San Fermín, y con él habían arribado a Pamplona fieles seguidores llegados de toda la geografía taurina mundial: Francia, Portugal y muchos países del otro lado del Atlántico, especialmente de México y Norteamérica, donde lo idolatraban como una especie de mesías. Manolete había debutado en San Fermín siete años antes, en las fiestas de 1940; con un fracaso más que sonado en la primera de sus corridas pero con cinco orejas y un rabo en 1943, el año de su último paseíllo en la Monumental, puesto que un accidente de coche y una cornada le impidieron regresar en 1944 y 1945. Quizás, como se había hecho tanto de rogar, Pamplona hervía, las calles eran un hormiguero, un interminable devenir de aficionados, viajeros, reventas y también carteristas que se apostaban en cualquier esquina para mercar algún torvo apaño y llevarse algo a los bolsillos. La leyenda de Manolete navegaba en una España con las heridas todavía muy abiertas de la Guerra Civil, la España del piojo verde, de las cartillas de racionamiento y de los costurones del hambre. Y Manolete parecía, acaso, el único disolvente para enjuagar tantas penurias.

Lupe Sino besa a Manolete
El torero cordobés llegó a Pamplona con apenas treinta años recién cumplidos en la que sin sospecharlo era la última temporada de su vida. Era un héroe pero ya estaba cansado de serlo. Se sabía derrotado y aburrido de la presión que el sistema taurino y la propaganda franquista imponían en su carrera como una losa: "Estoy deseando tener un momento libre. Esta profesión lo absorbe todo", le confesó apenas un mes después al periodista Ricardo García K-Hito la misma mañana de su cogida fatal de Linares el 28 de agosto de 1947. La existencia de Manolete era un sinvivir, estaba enamorado de Lupe Sino, una actriz de discreto relumbrón con la que convivía sin matrimonio de por medio soportando despiadadas habladurías sobre su pasado, ya que se había casado en la Guerra Civil con un comandante llamado Antonio Verardini, jefe el Estado Mayor del IV Ejercito Republicano y habían ejercido como testigos en la boda dos de los altos oficiales más importantes del Ejército Rojo: el general José Miaja y el legendario coronel Cipriano Vera. El califa cordobés había conocido a Lupe en la famosa taberna de la madrileña Gran Vía de Perico Chicote (el histórico barman del Hotel Ritz) y vivieron juntos desde 1944 a pesar de la negativa del entorno del torero, de su madre doña Angustias y del Estado franquista, que no podía soportar que el primer héroe de la nueva España anduviera a hurtadillas y sin pasar por la vicaría con una mujer a la que se le acusaba de libertina, cazafortunas y de ideas izquierdistas. Manolete no se decidía a contraer matrimonio con Lupe por las presiones familiares y los más cercanos al torero desconfiaban de la actriz, a la que sólo soportaban porque para Manuel era lo más importante de su vida, el remanso de su batalla cotidiana con el toreo y la fama. Manolete era el gran héroe de la sociedad española de posguerra, "un hombre entre vencidos", tal y como describió Francisco Umbral la personalidad de un torero que ya era mito mucho antes de morir. Y eso, a pesar de la sombría influencia de los comisarios del régimen, que se apostaban a su lado para no pervertir la imagen del espigado diestro como el más claro ejemplo de la hidalguía española.

Antonio Jaén Morente y Manolete
Pero Manolete no tuvo reparo alguno en encontrarse en México DF con el exministro republicano Indalecio Prieto y otros representantes de la España peregrina, como llama José Bergamín a los exiliados. Los periódicos españoles, en su totalidad afines al régimen, publicaron la especie de que se había negado a torear en la plaza de México porque ondeaba una bandera republicana cuando la realidad es que en el DF no se colocaba ni se coloca enseña alguna en el coso. Manolete, que era admirado con locura en tierras aztecas y que por él se construyó el recinto taurino más grande del mundo, sentía curiosidad por la vida y las andanzas de los muchos españoles exiliados como consecuencia de la derrota republicana en Guerra Civil. "De español a español", rubricó Manolete la foto que le dedicó al viejo socialista y ministro de la II República Indalecio Prieto, que por su parte dijo del diestro cordobés que "después de Cortés era el español más importante que había venido a México". A Manolete no le interesaba demasiado la política, pero tampoco tuvo reparos en acudir a la embajada de Ecuador en México al homenaje que se tributó al diputado republicano cordobés Antonio Jaén Morente, declarado nada más y nada menos como hijo maldito de la ciudad por el Ayuntamiento franquista de Córdoba. Manolete era feliz en América, donde de la mano de Barnaby Conrad y Mario Moreno Cantinflas podía codearse con otro mundo muy distinto al de la España sumida en una posguerra interminable. Alternaba con actores de Hollywood, escritores que veneraban su leyenda o el mismísimo boxeador Joe Luis -el mítico Bombardero de Detroit-, que se llevó una enorme desilusión al tocar los bíceps de Manolete: "Exclamó puaf con desolación, por lo visto creía que se mataban a los toros a puñetazos", relató alborozado el propio diestro en una entrevista.

Manolete tenía muy claro que la de 1947 iba a ser su última temporada en activo; el año anterior sólo había hecho un paseíllo en todo el año y había sido en Madrid el 19 de septiembre, en la legendaria Corrida de la Beneficencia, en la que actuaron el rejoneador Álvaro Domecq y los espadas Gitanillo de Triana, Bienvenida, Manolete y Luis Miguel Dominguín, que se coló en la corrida pagando sus toros y ofreciendo un donativo de cien mil pesetas. Luis Miguel era ya la gran alternativa al poder de Manolete, aunque al cordobés cada vez le importaba menos el cetro del toreo. El peso de la púrpura le resultaba ya insoportable. Uno de los principales cronistas del momento, Gregorio Corrochano, no le perdonaba que decidiera tomarse un respiro y que fuera a los toros como espectador: "Gitanillo de Triana brindó un toro a Manolete, que estaba en un tendido. Desde lejos no se veía bien si brindaba a un torero o a un banquero (...) En Manolete, por lo visto, la profesión anuló a la vocación", dejó escrito en una agria crónica letal para los intereses de Manolete. Una buena parte de la profesión periodística le acusaba de los grandes males de toreo, del afeitado y de torear toros demasiado pequeños. Su supremacía en lo alto del escalafón desde el final de la Guerra Civil le pasó tal factura que su último año en los ruedos fue un suplicio en todos los sentidos, en lo profesional con una temporada llena de contratos que a regañadientes se veía impelido a cumplir y en lo personal, con un entorno que no soportaba que viviera con su amor Lupe Sino. José Flores Camará, su apoderado de siempre, le advertía de que no se cuidaba, y Rafael el Pipo, uno de sus primeros propagandistas, denunció años después en un libro delirante titulado ‘Así fue... El Pipo, Manolete, El Cordobés’, que el torero de Córdoba consumía cocaína y anfetaminas, aunque lo que más tomaba era White Label e infinidad de cajetillas de Philip Morris, su tabaco preferido. Manolete llegó a Pamplona a bordo de su flamante y legendario Buick, acompañado por Camará y con Guillermo, su fiel mozo de espadas, al volante. Venía de Barcelona, donde había triunfado por todo lo alto el 6 de julio, después de haber votado en la Ciudad Condal en el referéndum la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado. Se enteró en su habitación del Hotel La Perla de la tragedia vivida en el encierro. Un toro de nombre Semillero, de la ganadería de Urquijo, había sembrado el pánico quitando la vida a dos corredores. En la bajada de Javier a Casimiro Heredia Ruiz, un pamplonés de 37 años, que sucumbió prácticamente en el acto de una cornada que le atravesó el hígado y el pulmón, y en el ruedo a Julián Zabalza, de 23 años, natural de Aoiz y vecino de Villava. Luis del Campo, en su obra 'Historia trágica del encierro de Pamplona', relata que el astado había caído al perseguir a un corredor entre el vallado de Mercaderes y Estafeta, y se enseñoreaba de la calle, corriendo a buena marcha como intentando alcanzar al resto de la manada". El toro, marcado con el número 21, de capa negra y de 464 kilos, corneó a Casimiro y lo llevó desde el centro de la calle hasta la acera.

Semillero cornea a Casimiro Heredia
y termina con su vida. 10 de julio de 1947
Luis del Campo describió la cogida con toda su crudeza: "Se apreció en él un movimiento, quizás reflejo por el dolor, quién sabe si motivado por las ansias de huir. Esta actitud estimula al toro a volver sobre Casimiro; lo recoge y lleva entre sus astas, arrastrándole por el suelo, desde la acera a la pared de la calle". La segunda cornada mortal de Semillero llegó instantes después, cuando Julián Zabalza, que estaba en los tendidos con su novia y su hermana, decidió bajar al ruedo a buscar desde el callejón el hilo del toro rezagado. Del Campo tampoco ahorra detalles de los hechos: "Perseguido por el toro entra de nuevo en el redondel y se dirige hacia la derecha, sin quizás recordar la querencia de los toros hacia ese lado, a su entrada en la plaza de Pamplona, pues, me permito asegurar -sin saber exactamente por qué- que de no formarse la figura del abanico, la más preciosa del encierro, los toros se inclinan siempre a la derecha. La curva que describe el mozo corredor despista unos segundos al toro, que sigue su rectilínea; mas pronto la rectifica, lo alcanza y voltea contra la barrera". Cuando los dos recortadores, Chico de Olite y Niño del Matadero, lograron hacerse con el toro y dirigirlo a punta de capote a la puerta de los corrales, "un cuerpo queda sobre la arena. Levantándolo en vilo, sobre él se precipitan docenas de brazos y, las miradas atónitas de miles de espectadores, aprecian cómo un grupo de valientes pamplonicas transportan al herido, haciendo caso omiso del toro, que casi a la par, a muy pocos metros de distancia, sigue el percal de los toreros dobladores del encierro, unas veces paso a paso y otras corneando al aire, tras la arrancada, hasta los corrales de la plaza, momento en que el disparo de un cohete dice a modo de pregón 'El encierro ha terminado'. A los tres o cuatro minutos de ingresar en enfermería moría el joven Julián Zabalza". La muerte de aquellos jóvenes impresionó a Manolete, que sentía en su costado la presión de la corrida y la enorme responsabilidad que le volvía a acuciar. Pero había que torear. Y antes, el sorteo. La leyenda negra del cordobés contó que el toro Semillero había ido a parar a su lote y que Camará hizo lo posible para que no fuera así y cayera en el esportón de otro torero. Pero el periodista Galo Vierge Bonarillo cuenta que Tomas Salcedo, peón de confianza del matador navarro Julián Marín, cogió la bolita de papel con los números de los dos toros y entre ellos estaba el del temible Semillero, que salió en sexto lugar. El diestro de Córdoba mató a Sanluqueño y Jaminito. La noticia corrió como la pólvora por Estafeta y la Plaza del Castillo y los mozos decían en los bares que el bravo Julián Marín se había pedido el toro asesino para vengar a los dos corredores muertos.

La tarde fue tremenda y Manolete cortó cuatro orejas. Antonio Bellón, uno de sus periodistas de cámara y crítico de Pueblo, no escatimó ni un elogio: "La verticalidad de Manolete se quiebra al girar la cintura en naturales y de pecho. Cada pase es una explosión de entusiasmo. Centrado, majestuoso, facilísimo, el cordobés manda, dueño y señor de la res, en series de naturales y redondos, trabados con pases al costado para dejar al toro a centímetros del muslo y pasarlo sin esfuerzo, sin una enmienda”. Manolete, que iba de blanco y oro, dio la mejor tarde de su vida en Pamplona. Gitanillo escuchó una ovación en el primero y dio la vuelta al ruedo en el de la merienda, y el tudelano Marín, dos trofeos en el tercero y se llevó hasta el rabo de Semillero, como si el conjuro de la venganza de los dos corredores muertos hubiera embelesado su siempre elegante muleta y trepado después por los tendidos hasta enloquecer a las miles de personas que llenaron la plaza. Algunos cuentan que Manolete cobró 250.000 pesetas por aquella corrida y que sus dos compañeros diez veces menos. Poco iba a importar, seis días después tenía que hacer el paseíllo en Las Ventas en una nueva Corrida de Beneficencia y resultó herido por el quinto toro al que le cortó dos orejas tras otra de sus faenas de ensueño. Cuando estaba recuperándose en el hospital le confesó a un periodista que "si la muerte me llega, nunca me cogerá en ese momento feo de la cobardía, sino con el gesto rabioso del luchador....si ha de venir la Muerte, que sea en una tarde de éxito". Camará con voz grave y autoritaria intervino en el diálogo diciendo: -"¡Vamos Manuel no digas tonterías! ¿Para qué hablar de esas cosas? ". Mes y medio después llegó Linares, el miura Islero y su fatal agonía de la noche del 28 al 29 de agosto a la que no le dejaron asistir a Lupe Sino, la mujer de su vida: "Si le quieres, no entres", le dijeron antes de morir, pero ésa es ya otra historia…

(*) Este artículo apareció publicado en DIARIO DE NAVARRA, en el suplemento especial de San Fermín de Julio de 2017

domingo, 8 de octubre de 2017

«Lo auténtico es ser capaz de encontrar el refugio a lo que te sucede en la vida ante la cara del toro»

Santana de Yepes
Entrevista a Alejandro Talavante publicada en Diario La Rioja antes de la Feria de San Mateo de 2017

«Siento que cuando voy a salir al ruedo habita una alimaña dentro de mí que no para de rugir. La única manera que tengo de acallarla es ser capaz de hacer el toreo con una intención en la que no necesite detenerme a pensar en qué estoy haciendo ni en lo que soy ni en lo que seré mañana. Sólo existe ese instante, ese espacio, en el que toreo tal y como me surge del corazón, con una distancia infinita entre mí mismo y todo lo que me rodea». Así explica Alejandro Talavante, una figura esencial del toreo contemporáneo y un personaje singularísimo, su íntima relación con la tauromaquia. Esta tarde torea en La Ribera con Pablo Hermoso de Mendoza y Roca Rey, una plaza que le motiva porque «soy consciente de que nunca he sido capaz de romperme en Logroño».
- ¿Cómo explica la ausencia de esfuerzo en su toreo?
- Es que no la hay; pueden existir tardes complicadas en las que estoy más asustado que otras y no encuentro la claridad que necesito. Soy consciente de que veo muy fácil el toreo y lo ejecuto con más sencillez que nunca, y eso, en ciertos momentos, me alivia mucho. Hablo de una constante de este año: conozco el sitio en el que me tengo que poner; conozco también dónde me siento y ahí es donde procuro llegar todas las tardes por encima de cualquier otra cosa; por encima incluso del triunfo y de las orejas.

«Me gustaría ser capaz de sostener la transmisión siempre por encima del triunfo»

- ¿Pueden contradecirse el triunfo y la búsqueda de la expresión artística?
- El triunfo puede ser el fin de todo dependiendo de la personalidad del artista. En mi proyecto -que creo que no he elegido y que me ha venido dado por las circunstancias, por mi vida y por mis condiciones-, me gustaría ser capaz de sostener la transmisión siempre por encima del triunfo.
- ¿Y eso cómo lo consigue?
- No sabría decirle y no me preocupa, pero sé que eso es lo que me hace sentirme mucho más cerca del que quiere ir a verme y al que quiere ir a verme le hace estar más cerca de mí. Es complicado porque en estos momentos se coloca el premio por encima de cualquier otra cosa. Sigo pensando que la ejecución y la intención a largo plazo te dejan más vacío y con menos cosas dentro. Y todo eso que sobrevive dentro termina creciendo e incomodando. Todos los toreros lo sabemos y somos conscientes de que cuando sale algo auténtico nos ponemos de acuerdo.
- ¿Qué es lo auténtico?
- Lo contrario a lo artificial; es ser capaz de encontrar el refugio a todo lo que te pasa en la vida en la cara y el sitio del toro.
- Refugio ante la vida frente a un animal que te la puede arrebatar. Parece una contradicción.
- Es muy fuerte porque terminas necesitando al toro para expresar tu auténtica naturaleza como ser humano y enfrentarte con esa parte virgen que todavía mantengo en mi interior después de tanto trasiego, de tantas historias vividas.
- ¿Cree que existe algo en su interior sin pulir?
- Sí, no puedo dominar mi estilo, que muta constantemente y, además, me resulta imposible dirigirlo. Va cambiando, lo van moldeando las circunstancias e, incluso, los recuerdos de vivencias que me han sucedido hace muchos años. Siento que mi estilo no para de sorprenderme.
- Decía Enrique Morente que en el flamenco la cosas a veces las buscaba y en otras eran ellas las que le encontraban a él... ¿Puede sucederle a usted algo parecido?
- Me pasó en Valladolid el año pasado en la corrida homenaje a Víctor Barrio. Hice un comienzo de faena que a lo mejor nunca se había visto en la tauromaquia. Pues bien, lo había pensado de otra manera muy distinta; mi intención mutó en el momento en el que el toro se me arrancó. Sin embargo, fue mucho más brillante lo que salió de manera natural que lo que llevaba en la cabeza. Creo que fui capaz de transmitir a la gente que hasta yo mismo me había sorprendido y emocionado. Esta temporada he podido pensar cosas similares y no las he podido plasmar porque el toro es el que va marcando el estilo y me lo ha imposibilitado.
- ¿Marca el toro tanto la faena?
- Todo lo puedes hacer pensándolo razonadamente, pero es que hay una parte que no surge de la razón, que sólo brota cuando está el toro delante y es la que realmente me conmociona y emociona a los que me están viendo.
- ¿A qué se deben sus diferentes etapas artísticas?
- En cada una de ellas se ha ido asomando lo que podía venir después. Al principio tenía mucha chispa pero con una gran limitación técnica; luego vinieron unos años en los que estudié mucho la técnica, el toro, intenté comprender la plaza, los terrenos, cada detalle matemáticamente. Fueron unos años esenciales. Cuando me apoderó Curro Vázquez hice varias reflexiones sobre mí mismo y me di cuenta de que con la chispa había nacido y que ya conocía la tauromaquia. Entonces decidí que no tenía que pensar más en la técnica y me dediqué a torear sin pensar en qué tenía que hacer. Al final, la técnica termina casi dándose la mano con la defensa y el toreo es todo lo contrario. Yo necesitaba acallar todos los ruidos que me acuciaban por dentro y de la única manera que empecé a mitigarlos fue no pensando tanto y buscando un toreo más intuitivo.
- ¿Abunda demasiado la técnica?
- Me di cuenta de que con la obsesión por la técnica lo único que iba a conseguir era convertirme en un torero más frío. Ser plenamente consciente de esto me ha permitido plantear y hacer cosas que están fuera de lo técnicamente habitual, pero al observarlo en el vídeo compruebo que está cuadrado, que es perfecto.
- ¿Le gusta verse en vídeo?
- Me da igual, me veo y es cierto que como decía Borges siento que estoy contemplando a otro, como si me viera desdoblado. Siento hasta cierta ternura hacia el personaje... Pero eso no significa que sea autocomplaciente conmigo mismo. A veces, cuando he tenido una mala tarde recurro a las imágenes para analizar qué ha podido suceder.
- ¿Le preocupa tener una mala tarde?
- Tengo mucha confianza en mi capacidad y hay días en los que creo que tener una mala tarde es imposible, pero las malas tardes llegan y me abordan. Con el tiempo comprendes que es inútil pensar en escapar de esa posibilidad. Además, cuanto más puro eres más cerca estás del fiasco.
- ¿Qué significa la pureza?
- No tiene mucho que ver con la ortodoxia. Existen toreros a los que admiro mucho como Manuel Benítez 'El Cordobés', que era un gran heterodoxo. Sin embargo, creo que era de los más puros de su generación porque era absolutamente consecuente consigo mismo y con sus pasiones, con sus anhelos y con su época. Creo que en mi caso no es fácil encasillarme. Es cierto que baso mi toreo en las líneas clásicas pero la libertad de saber que existen nuevas geometrías me atrae mucho. La tauromaquia está ahí desde la época de Pedro Romero, pero sigue creciendo estilísticamente y con caminos inexplorados para crear algo que no se haya visto todavía. De hecho, las nuevas generaciones de toreros, aunque no se nombre mucho, y de la misma forma que nosotros hemos seguido otras figuras míticas, ahora están siguiendo muchos de los caminos que estoy tomando yo. Eso es un halago tremendo porque me lo tomo como una señal de admiración.
- ¿Cree que puede llegar a existir una escuela 'talavantista'?
- Yo pienso que ya existe. Muchos toreros jóvenes están basando sus temporadas en patrones que he podido sacar yo en estos últimos tres años, desde mi etapa con Curro Vázquez. Me sorprende y me parece exagerado.
- ¿Es posible copiar el sentimiento?
- No, eso me parece más difícil. Cada vida es distinta, cada uno es diferente.
- ¿Cómo vive la presión de un público que cuando va a verlo a la plaza lo espera todo de usted?
- La percibo con total nitidez. No es una exigencia que la marque el triunfo sino que nace porque el público quiere que suceda algo especial. Y esa presión es todavía mayor porque aunque sea difícil triunfar, lo otro se me antoja mucho más complicado.
- ¿Le resulta muy duro salir con esa necesidad al ruedo?
- Sin duda y conmigo mismo todavía más duro porque yo me pongo del lado del público siempre. El otro día cuando toreé en Bilbao entendí perfectamente el mosqueo y me sumé a él. Yo era el más amargado de toda la plaza. Pero es cierto que todo eso me motiva cada vez que cojo la maleta y me voy de casa pensando que mañana puede ser un día especial.
- Fue increíble, con un vestido imponente, ese inicio de faena tan fluido todo y después..., se esfumó, se desvaneció la obra.
- Empecé suave en tablas, el toro no tenía condiciones para el toreo, por el lado derecho tenía más entrega. Por el izquierdo me desvirtuó. Me sentaba fatal sacarle el brazo del cuerpo para poder torearlo. Aquella faena murió en el último lance de las dos primeras tandas. Vi al público con una agitación, con un deseo que me llenó mucho, a pesar de que fueron apenas unos instantes.
- ¿Como artista se queda con eso o con lo que sucedió después?
- Sentí una frustración enorme. Me puse ese vestido porque quería hacerle a mi manera un homenaje a un torero vasco muy importante fallecido este año: Iván Fandiño. Tenía pensadas muchísimas cosas: un inicio de faena sorprendente y a la vez puro, un final especial, incluso algo en el momento de la estocada y no salió nada. Esa tarde no sólo pesa al día siguiente sino que va a pesarme toda la vida.
- Hace unos años le pegaron una gran bronca en Logroño en una tarde en la que toreaba con Iván Fandiño, que triunfó y estuvo siempre muy pendiente de usted...
- La tengo perfectamente en la memoria. Iván fue muy cariñoso conmigo cuando la realidad es que tampoco teníamos una relación muy estrecha. Pero puedo llegar a entender que el toreo es capaz de forjar una amistad en la más absoluta de las distancias. Los dos fuimos capaces de tener amistad solo por la forma en la que toreábamos, lo cual me parece muy interesante. El cariño que siempre me manifestó no era producto de los buenos ratos que habíamos vivido juntos, sino por la manera que él veía que yo quería torear. Y era algo recíproco, porque yo lo contemplaba a él como un torero que con su personalidad tenía una pureza en todo lo que hacía tremenda. Era un hombre que no pensaba, que se iba directamente al sitio y ponía el corazón. Sólo por eso lo consideraba cercano a mí.

«En Logroño no me han visto torear roto y eso me motiva muchísimo
Explica Talavante que Logroño es «una plaza a la que también la he visto mutar, al igual que mi estilo. Mis primeras tardes en ella fueron muy duras. Yo era un niño que tenía mucha imaginación y quería envolver el escenario con una energía muy positiva para sacar todo lo que llevaban dentro. Al principio era bastante inmaduro a la hora de afrontar las tardes allí. No sé cuál era la razón; yo había leído mucho sobre Logroño, su afición, el toro que salía... Estoy convencido de que me creé una serie de fantasmas interiores que me perjudicaron. Es una de las plazas en las que siento que todavía no me han visto roto y eso es un motivo de ilusión tremendo». Y ahonda en sus inicios en el toreo: «Iba a lo de Zalduendo cuando salía del colegio: un día estaba Joselito, al día siguiente José Tomás, o Paco Ojeda, e incluso Espartaco. Mi padre grababa aquellos tentaderos, pero no a mí, sino a los toreros. Por la noche veía los vídeos. Me asombraba muchísimo la facilidad con la que eran capaces de hacer el toreo a las becerras. La suficiencia de los maestros consagrados. Eso fue dándome confianza y la oportunidad de tener muy clara la manera con la que yo quería interpretar. Mi padre era un hombre que no se metía en nada, no tenía ni idea de toros pero siempre ha sido una persona muy exigente con valores que son muy parecidos a los que se buscan en la tauromaquia. Ahí fui aprendiendo».

martes, 3 de octubre de 2017

Victorino, un ganadero enamorado de La Rioja

El genial paleto de Galapagar debutó en Haro con una novillada en 1966 y desde ese momento se hizo esencial en la tauromaquia riojana

Diego Urdiales ha basado buena parte de su carrera en sus toros: 33 corridas, 39 orejas, cuatro puertas grandes y el indulto de Molinito en 2007

El torero en La Rioja sería irreconocible sin la descomunal presencia de la mítica figura de Victorino Martín Andrés, el ganadero con más triunfos y con los seguidores más fieles, con toros más notables y con más tardes para el recuerdo, especialmente en las dos plazas de Logroño, cosos esenciales en su trayectoria como criador de reses bravas y en los que se fraguó su carisma como personaje legendario. Además, la ganadería de la A coronada ha sido esencial en la carrera de Diego Urdiales, un torero que se encuentra posicionado en el número 12 de los matadores con más corridas de su hierro: 33 festejos, 39 orejas, cuatro puertas grandes y un toro indultado, aquel 'Molinito' del que se acaban de cumplir diez años de su lidia en Logroño. Pero Victorino no debutó en la capital. La primera corrida en La Rioja se remonta al 29 de junio de 1966 en Haro, donde lidió una novillada con cinco astados para un rejoneador (Manuel Vidrié) y dos jóvenes coletudos: Antonio Pérez y Utrerita. Sólo el caballero madrileño cortó una oreja. La segunda tarde fue en Calahorra, el 31 de julio de 1966, cuando el matador de Arnedo Antonio León le concedió la alternativa al calagurritano Víctor Ruiz de la Torre 'El Satélite'. Fue una gran corrida y ambos salieron a hombros del coso de La Planilla. Diez años después debutó en Logroño, en la Feria de San Mateo, en una corrida con Ruiz Miguel, Antonio José Galán y Herrerita, aunque la locura se desató al año siguiente, cuando José María Manzanares cortó dos orejas a un bravísimo astado. En el cartel, recordaba el propio Victorino Martín en una entrevista a Diario LA RIOJA, figuraban Andrés Vázquez, "al que se le rompió la espada a la hora de entrar a matar y que se llevó una gran bronca, y el mexicano Manolo Arruza, que estuvo a la altura de los toros pero que falló con la espada. El toro del triunfo del diestro alicantino se llamaba 'Machero' y estaba marcado con el número 103".
En la inolvidable Manzanera, Victorino lidió once corridas, 62 toros y sólo cuatro matadores, incluido Manzanares, lograron abrir su puerta grande diseñada por Fermín Álamo con reminiscencias de la Puerta del Sol de Toledo. Ruiz Miguel, Tomás Campuzano y Dámaso González degustaron el sabor del triunfo máximo con los victorinos en el viejo coso. La leyenda, por entonces, ya era imparable.
En el nuevo circo no debutaron hasta el año siguiente de su inauguración, aunque una buena parte de la afición logroñesa la reclamó a la familia Chopera que fueran sus astados los elegidos para la primera corrida, pero no pudo ser. En once tardes y en 53 toros lidiados sólo tres toreros han salido por su puerta grande. Diego Urdiales en dos ocasiones (2007 con el indulto de 'Molinito' y en 2012), Manuel Jesús 'El Cid' en 2016 y este mismo año el francés Juan Bautista Jalabert, que triunfó en una corrida memorable del ganadero de Galapagar, la más completa de cuantas ha jugado en La Ribera. Se pidió el indulto del toro 'Vencedor', igual que el año pasado sucedió con otro ejemplar extraordinario llamado 'Planteadito', desorejado por el diestro de Salteras.

Urdiales y Victorino, un binomio necesario
Diego Urdiales ha vivido buena parte de sus éxitos con los toros de Victorino: "Ha sido un ganadero colosal, un hombre entrañable y muy serio, con mucha personalidad que ha logrado ser el ganadero más importante de la historia. Desde 'Molinito' todo cambió para mí. Ha habido toros que los he toreado muy despacio, especialmente uno en Dax, uno de los que más he sentido porque me permitió abandonarme más tiempo". Y recuerda varias tardes "que han marcado mi vida, como la de Otoño en Madrid y las ocho de Bilbao, con triunfos muy especiales por la dimensión que conseguí como torero". Diego recuerda su primera corrida con los toros de Victorino: "En Logroño en 2002, venía de una cornada en Miguelturra (Ciudad Real) y con varias costillas rotas. Toreé con Manuel Caballero y Padilla. No podía casi sujetar la muleta con la mano derecha y estuve muy bien al natural". Paco Aguado aseguró en Cuadernos de Tauromaquia que la corrida más importante de la vida de Urdiales fue con toros de Victorino en la Corridas Generales de Bilbao de 2012: "Siempre hay una tarde clave en la carrera de un torero, y la de Diego Urdiales fue la del pasado domingo en Bilbao. Una tarde de toros que marcará frontera, que definió la verdadera dimensión de su toreo y de su hombría y en la que, de paso, el arnedano volvió a mostrar la verdadera esencia de este arte en unos tiempos confusos". Estoqueó tres toros y dejó en el coso bilbaíno el aroma de un torero que ahora es el más admirado de la plaza vizcaína. El diestro riojano siempre se ha sentido muy cerca del ganadero de Galapagar. Y esa confianza también funcionaba a la inversa en declaraciones del propio Victorino cuando ambos recibieron el premio de la Peña 21 (su peña logroñesa) para rememorar aquella tarde histórica del indulto de 'Molinito': "Recuerdo perfectamente la forma en la que me palpitaba el corazón cuando la gente emocionada nos sacaba a hombros de La Ribera. Y me acuerdo de la alegría de Diego, que había estado hecho un jabato con aquel toro, que fue muy fiero y que necesitaba un torero de verdad delante porque pedía el carnet, porque era un toro de verdad, un toro auténtico". Victorino Martín estuvo por última vez en La Rioja el pasado mes de marzo, cuando recibió un caluroso y emotivo homenaje de la afición riojana en la entrega del Capote de Paseo de la Comunidad a Diego Urdiales. Su hijo, ganadero y veterinario, realizó una preciosa intervención en la que recordó la pasión que siente su familia hacia La Rioja desde su debut hasta todas las tardes de triunfo que ha protagonizado en Logroño, donde tiene infinidad de amigos y seguidores: "La Rioja es un territorio taurino por excelencia en España y nos acordamos mucho del indulto de 'Molinito' protagonizado por un Diego Urdiales al que casi vimos nacer y que ahora diez años después, es referencia de la pureza del toreo para los aficionados". o Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

domingo, 1 de octubre de 2017

Escolares sin respuesta

Novillada con opciones de Escolar y coletudos sin espada

La novillada de José Escolar se quitó el sabor amargo de la malísima tarde del año pasado con un conjunto de astados con muchas opciones en la cuarta de Zapato. Seis utreros con diferentes escalas en su presentación y con juego dispar pero siempre interesante con tres animales con opciones: el noble tercero, el tardo cuarto y el sexto, premiado con una discutible vuelta al ruedo. Fue bravo en el caballo pero en la segunda serie en la muleta comenzó a desentenderse de la franela del Adoureño, el diestro más beneficiado en el sorteo, ya que se llevó los dos mejores toros del envío ganadero. Pudo haber cortado orejas a los dos, pero la espada le jugó una mala pasada y perdió los posibles trofeos. El tercero fue un gran novillo, incierto en los primeros tercios, pero el más completo en la muleta, con más intensidad que el resto de sus hermanos y con bastante ansia por perseguir los engaños siempre por abajo. El diestro galo se entendió mejor con él por el pitón derecho que al natural, pero fluyeron las series y el público vivió con pasión la faena. Un pinchazo antes de la estocada enfrío el resultado final. Con el sexto rozó de nuevo el triunfo. El toro peleó con bravura en el caballo y tuvo la virtud de la repetición. El alumno de la escuela de Richard Millian logró varias series ajustadas en redondo, a pesar de que el toro salía ya con la cara a media altura desentendiéndose de los engaños. Sin embargo tenía ritmo y el francés aguantó el celo del toro con inteligencia. Otra vez la espada le privó del premio. Fue una faena con gusto, sin demasiada profundidad, pero muy inteligente puesto que acertó desde el primer momento en la distancia y en los terrenos. Hubo un novillo que tuvo una profundidad especial; fue el cuarto, el más exigente para hacerle el toreo bueno. Juan Miguel lo logró por momentos en una faena en la que recibió de primeras un revolcón muy serio con un varetazo corrido en la pierna que acusó durante la lidia. El de Escolar era muy tardo, pero cuando acudía a la muleta lo hacía con toda su alma. Y además, por el pitón izquierdo iba mucho más allá que el resto de la corrida. Era un toro de apostar, de dejar la franela muerta en el morro y tirar de él. Eso sí, a cara o cruz. Juan Miguel lo logró a medias y hubo dos naturales y un remate por ese pitón increíblemente lentos. Costaba un mundo; el que es capaz de torear así a un Escolar es un privilegiado. Lástima la espada de nuevo, puesto que Juan Miguel -que fue intervenido al finalizar el festejo-, pudo haber paseado una oreja de peso. Miguel Ángel Pacheco tuvo un lote muy complejo y sin demasiadas opciones. Sólo pudo estar voluntarioso y demostrar sus ganas de ser novillero. o Esta crónica la he publicado en Diario La Rioja

viernes, 29 de septiembre de 2017

Rafael González salvó una tarde de pura mansedumbre

Sonia Tercero
Fracaso sin paliativos de los novillos del Conde de la Maza y sólo disposición de Valencia y Valadez

La segunda novillada del ciclo arnedano se iba desplomando merced al indisimulado mal juego de los utreros del conde de la Maza: altos casi todos, armados como para la guerra de Corea y orientados al segundo lance como sendas gotas de agua. Novillada seca, peligrosa y sorda. El riesgo no trepaba a los tendidos y la corrida poco a poco se fue convirtiendo en un gran bostezo. Los novillos sevillanos echaron el freno de mano casi de salida. Abrían el portón, comparecían de estampida y comenzaban a cavilar en capote. En el caballo las peleas tenían un aire extraño porque los animales ni empujaban ni parecían notar el castigo en sus lomos. Una cosa rara de suerte de varas anodina y ramplona como el discurso general de la corrida. El tercero pareció un poco mejor, pero fue un espejismo que se desvaneció en sexto, puesto que el burraco 'Cerradito' salió colocando la cara desde los chiqueros. ¡Éste parece otra cosa!, dijo una señora en el tendido. Y lo fue, y nos salvó la tarde y le ofreció la oportunidad al novillero toledano de expresar que en el interior de su vestido se mueve un corazón a impulsos de un torero. 'Cerradito' no fue ni mucho menos sobresaliente, pero tenía virtudes como la fijeza, la humillación y algo de entrega, lo que lo distanció sideralmente del resto de sus hermanos. González lo toreó con sumo gusto y verdad por ambas manos, especialmente por la derecha, pitón por donde el utrero tenía más recorrido y emoción. Lo mató de una buena estocada y el público pidió la oreja por aclamación. Rafael González salvó la tarde pero es imposible pasar por alto el lamentable juego de la novillada de Poli Maza, que además de ganadero, es tuitero y le gusta proclamar sus verdades por el ancho mundo del ciberespacio. Pues bien, el conjunto de astados que lidió ayer en Arnedo constituyó un absoluto fiasco y una decepción para los aficionados toristas que le esperaban como agua de mayo. Y además del público, los más damnificados fueron los otros dos novilleros de la terna: Guillermo Valencia y Leo Valadez. Ninguno de los dos tuvo la más mínima opción, ni una rendijilla para colocar la muleta y torear. A Valencia se le pararon sus toros antes de coger la muleta y a Leo Valadez, que venía con la vitola del gran triunfo del año pasado con los astados de Baltasar Ibán, se le atragantó la espada en el quinto. Escuchó dos avisos y se libró del tercero de puro milagro. Menos mal que al final un novillo de pelo burraco y memoria de la bravura se cruzó con Rafael González. o Esta crónica la he publicado en Diario La Rioja

lunes, 25 de septiembre de 2017

32.000 almas en un San Mateo con poco toro

Justo Rodríguez
El corridón de Victorino, el gran triunfo de Juan Bautista y la tarde de Urdiales marcaron la Feria Matea

El público volvió con fuerza a La Ribera en un abono en el que volvió a decepcionar el capítulo ganadero

San Mateo se salda con un balance de catorce orejas, dos puertas grandes (Juan Bautista y el novillero Leo Valadez) y dos astados premiados por su bravura con la vuelta al ruedo: el victorino ‘Vencedor’ y el estupendo novillo ‘Palomo’. Los dos diestros que los lidiaron salieron a hombros por la puerta grande. Esta feria venía marcada por las ausencias consabidas de Morante, ‘El Juli’ y José María Manzanares y se ha saldado con unas 32.000 personas en los tendidos en seis tardes, contado con la novillada, que arrastró al coso de La Ribera la nada desdeñable cifra de 2.500 personas. Es decir, que a pesar de las bajas de tres de las principales figuras del toreo contemporáneo y sustituciones como las de Antonio Ferrera, el público de Logroño ha vuelto a responder a la llamada de los toros a pesar de los precios tan altos, que es una queja generalizada entre los logroñeses. En la cúspide artística se sitúa Victorino Martín y su encuentro con el francés Juan Bautista. El diestro galo cortó tres orejas a una extraordinaria corrida del ganadero de la A coronada. Una corrida seria, baja y a la vez terciada, muy en el prototipo de hechuras de una ganadería esencial y que nunca debe faltar en el abono de San Mateo. De seis toros embistieron cinco, se pidió el indulto a uno de ellos y la gente salió emocionadísima del coso. Es difícil pedir más. Diego Urdiales cuajó ante la corrida de El Pilar su tarde más profunda en La Ribera, cosa nada fácil puesto que su hoja de servicios en esta plaza es apabullante. No salió a hombros porque el presidente Manuel González no lo consideró oportuno pero cuajó la faena más profunda del abono mateo. Enrique Ponce y Talavante fueron las únicas dos figuras que justificaron su paso por San Mateo. El de Chiva se las vio en un cartel muy pobre y toreó a placer a un juanpedro, y Talavante cortó dos orejas con suma facilidad a sendos astados de Jandilla. Estuvo bien el torero extremeño pero puede estar mucho mejor. Los fracasos más estrepitosos fueron el de Miguel Ángel Perera y Cayetano, los dos parecieron abatidos y derrotados toda la tarde, como si el luminoso toreo de Urdiales les hubiera deslumbrado dramáticamente. Perera ha sido un torero con mucho tirón en Logroño pero no fue capaz de hilvanar casi ni una serie a ninguno de sus dos toros de El Pilar. Roca Rey cortó una oreja pero distó mucho de lo que se esperaba de uno de los toreros que con más fuerza ha asaltado el escalafón. Este año da la sensación de que la temporada se le ha hecho demasiado larga. José Garrido sustituyó a Antonio Ferrera y le cupo en suerte a un gran toro de Juan Pedro Domecq. Le cortó un oreja pero estuvo muy por debajo de la entidad del animal, el de más clase de todos cuantos se han corrido este año en Logroño. La corrida más decepcionante fue la de Zalduendo. Seis toros realmente impresentables por falta de hechuras (el peso les sobraba) y por unas caras desangeladas y lavadas. El mayor fracaso fue el de Ginés Marín, triunfador de San Isidro, que con muy pocas opciones, encima pecó de un toreo demasiado ventajista. Juan del Álamo estuvo acelerado y sin sitio y el mayor de los Adame pasó de puntillas. Su hermano cortó una oreja en la de Juan Pedro Domecq, pero la verdad es que ninguno de los dos mexicanos justificó su contratación en San Mateo.

Orejas. Juan Bautista (3 y  puerta grande); Leo Valadez (2 y p. g.); Talavante (2); Roca Rey, Ponce; Luis David Adame, Diego Urdiales, Curro Díaz (1); además de las de los novilleros Alfonso Cadaval y Toñete. Total: 14 orejas.

32.000 espectadores. Distribuidos de la siguiente forma: novillada: 2.500; día 19: 7.200; día 20: 4.000; día 21: 7.500; día 22: 4.000; día 23: 5.000; a los que hay que sumar los 3.500 del concurso de recortadores del domingo.

Dos vueltas al ruedo para toros destacados. El toro ‘Verdadero’, nº 90, de Victorino Martín, lidiado por Juan Bautista (día 23) y el cuarto novillo de La Quinta, ‘Palomo’, nº 106, lidiado por Leo Valadez (día 18). Ambos diestros salieron por la puerta grande.

Ganaderías. Corrida desastrosa fue de Zalduendo por impresentable y mala; Jandilla estuvo en el límite y en la de Juan Pedro hubo varios con opciones. El Pilar fue fiel a su encaste y a su desigualdad. Por encima de todas destacó la gran corrida de Victorino Martín. La novillada de La Quinta dio un juego muy interesante.

Los toreros más decepcionantes. Miguel Ángel Perera y Cayetano pasaron como dos sombras por Logroño. Fracaso sin paliativos. Hermoso de Mendoza también se fue de vacío y Roca Rey, a pesar de la oreja, no dejó buenas sensaciones.

Juan Bautista obtiene el premio a la Mejor Lidia de San Mateo El Trofeo Ciudad de Logroño, promvido por el Ayuntamiento y El Club Taurino Logroñés, y que valora la mejor lidia de la Feria de San Mateo, ha ido a parar al diestro galo Juan Bautista, por la faena relizada la última corrida del abono al toro ‘Vencedor’ de Victorino Martín. Por otra parte, la IV edición del Premio Taurus al Toro más Bravo es para ‘Verdadero’, n°90 de enero de 2013 y 517 kg, negro entrepelado de Victorino lidiado en segundo lugar por  Juan Bautista el dia 23 de septiembre de 2017.  Además, el II Premio Víctor Barrio a los valores de la tauromaquia ha sido otorgado a Jose Luis Torres y Estefania García de ‘Festejo de Hoy’, por su valor para evitar el salto del antitaurino Peter Janssen a la plaza de toros de Logroño el día 19 de septiembre en la faena de Alejandro Talavante. La Peña Taurina El Quite, que concede el premio al quite más artístico de la Feria, ha decidido otorgarle su premio a José Garridopor el que realizó al toro ‘Lesionado’ de Juan Pedro Domecq. El público de Logroño también vivió con enorme intensidad y afluencia los seis apartados de cada corrida, que se celebran cada mañana en los corrales del coso a las 12.00 horas. Este año destacó como más concurrido en el de la corrida Victorino Martín, que además tributó una sonora ovación cuando los ejemplares fueron enchiquerados. Algo que no sucedía en la ciudad desde hace muchos años. o Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja

domingo, 24 de septiembre de 2017

Victorino rebasa todas las cumbres

Juan Marín
Extraordinaria faena del diestro francés a un toro para el que se pidió el indulto en una corrida completa de Albaserrada 

Juan Bautista y Victorino Martín salen a hombros tras una tarde histórica de bravura y toreo

Victorino es la mejor ganadería de la historia del toreo y ayer en La Ribera reivindicó la bravura indómita y la belleza absoluta del toro de lidia con una corrida sencillamente excepcional, con un conjunto de astados memorable, muy bien presentados, bravos, encastados y nobles. Un auténtico espectáculo, un canto a la lidia en los tres tercios que logró su cumbre en el magnífico encuentro entre un torero francés, Juan Bautista Jalabert -arlesiano por más señas- y un ejemplar de bandera: 'Verdadero', número 90, negro entrepelado, levemente bragado, recogido de cuerna, con la papada breve y fino de cabos a no poder más. Un toro excepcional, que apenas superaba los 500 kilos y que el sorteo citó en La Ribera con un diestro en sazón para que ambos compusieran una verdadera obra de arte.

El toreo en su absoluta dimensión de naturalidad y empaque toda la faena, desde unos inicios muy suaves por alto para llevarse al astado a los medios y que la faena comenzara a confluir el milagro del temple y el secreto de la bravura.

El toro se había empleado bien en varas con un punto de tardanza en el segundo encuentro con el piquero. Alberto Sandoval lo midió ajustando el embroque y el castigo, y Rafael González se lució en banderillas. El toro ya dejó claro en el capote de Román que tenía un temple natural exquisito y el francés manejó sus muñecas con un acento cartesiano. Faena de estructura netamente clásica y académica, en la que fue jugando perfectamente con ambas manos para lograr tres series de naturales profundos, largos, templados e interminables. Juan Bautista no se rompe toreando. Su aparente frialdad la combina a la perfección con una sobresaliente técnica y un empaque vertical muy mecido. A medida que la obra fue creciendo en cuanto a su timbre y a su intensidad, el toro iba recreciéndose en su bravura y humillación, en la largura y la profundidad de sus embestidas. Comenzaron a aflorar los pañuelos solicitando el indulto. Juan Bautista, antes de cuadrarse, toreó al natural con la mano derecha, casi como flotando a lomos de la sensación embriagadora del toreo tan perfecto, tan encajado y reunido con el magnífico burel. La petición de indulto crecía y crecía y los avisos del palco se mezclaban con el gesto del propio ganadero, que con su mano le hacía el gesto a Juan Bautista de que estoqueara al toro. La locura se había instalado en la plaza. El francés seguía toreando y el toro embistiendo. Al final, tras sonar el segundo aviso, lo despenó de una soberana estocada. Gran triunfo del galo, pitada sonora para el presidente y enorme ovación al toro en la vuelta al ruedo al magnífico burel. Juan Bautista cortó otra oreja más al quinto, otro toro con una embestida tremenda por el pitón izquierdo. Tarde redonda de un francés que ayer conquistó Logroño.

Curro Díaz obtuvo una oreja en el primero. Otro toro de nota, con una embestida por el derecho dotada de enorme ritmo. Dos series de embroque a media altura y de corto recorrido le sirvieron para triunfar. Román, que se presentaba en Logroño, lo dio todo. Falló con la espada en el tercero, un animal con temperamento, y no terminó de acoplarse del todo con el que cerraba tarde y feria, un ejemplar largo y serio que tenía un pitón izquierdo que valía un cortijo. Una tarde para el recuerdo que reconcilió a Logroño con el toreo y que aumenta la leyenda de Victorino. o Crónica publicada en Diario La Rioja

sábado, 23 de septiembre de 2017

Conspiración contra el arte del toreo

Joselito Adame escuchó una cariñosa ovación en el primero y a partir de ese momento se agolparon cinco silencios 

La impresentable y vacía corrida de Zalduendo revienta una tarde con tres de los triunfadores de Madrid

Lamentable corrida de toros vivida ayer en La Ribera; un espectáculo tan descorazonador y plano que comenzó a hacerse imposible en el momento que 'Tirano', el primer Zalduendo, saltó al ruedo. La corrida tenía aroma a fracaso desde que se presentaron los carteles por el anuncio de la vacada que fue de Fernando Domecq, una ganadería que lleva varias temporadas a la deriva y que en la pasada Semana Grande donostiarra se precipitó sin ambages por todas las simas de la más absoluta ausencia de bravura. Aquella tarde, con Morante en el cartel, las hechuras fueron infumables. Por lo tanto, si en Donosti con una gran figura la presencia de los astados dejó mucho que desear, ayer con tres toreros sin la fuerza de Morante, la lógica del mundo taurino marcaba que los toros para Logroño fueran todavía más feos y absurdos. Y así resultaron los seis: absurdos y feos. Resulta complicado describir la vulgaridad de su presencia y más todavía comprender las razones por las que una corrida de este pelo puede llegar a nuestra plaza con dos toreros de la empresa en el cartel: Joselito Adame y Ginés Marín.

Los toreros humillan su cerviz
Está claro que los apoderados no ejercen su labor y que los toreros humillan su cerviz tragando con algo que resulta incomprensible a todas luces. Pero es que todavía hay más, ya que los toros pertenecen a la misma empresa. Es decir, todo el mundo conspirando contra el arte. La empresa, el ganadero, los apoderados (que son todos la misma cosa) y los propios toreros, que asisten en silencio -con mansedumbre impropia y paradójica con su valentía en el ruedo- a semejante bodrio imposibilitando cualquier atisbo de triunfo. Una conspiración contra el arte en toda regla y sin Peter Jansen ni Pilar Rahola como manida disculpa. La única buena noticia de la tarde de ayer es que un nutrido grupo de jóvenes aficionados situados en los graderíos altos mostró su discrepancia con los bóvidos bicornes que salieron al ruedo. ¡La afición exigente de Logroño revivida! Todas las protestas, además, con educación y reivindicando el elemento toro como eje central de un espectáculo maravilloso al que no se comprende desde fuera y que se maltrata demasiadas veces desde sus entretelas. La corrida fue una pantomima y eso no quiere decir que no hubiera peligro ni valor por parte de los toreros y banderilleros que se pusieron delante, pero nació muerta. Los silencios de la tarde iban cayendo a plomo entre las cuatro mil benditas almas que se dieron cita en La Ribera. Por rascar algo se puede contar que el primer toro fue noble y que Adame, que se llevó el lote menos malo, toreó con inercia maquinal. Ligando siempre los muletazos con la pierna retrasada y con la mano por las afueras del cuerpo. Con el mansito cuarto dejó dos series hilvanadas en redondo. El salmantino Juan del Álamo tuvo el peor lote. Su primero además con un peligro sordo y sórdido evidente. Alargó su faena y se las vio con un sobrero muy armado que careció del más mínimo celo. Ginés Marín fue la única luz en la oscuridad de la corrida. Hubo un momento en el tercero de la tarde en que la faena parecía que iba a tomar vuelo pero en la segunda serie por el pitón izquierdo el toro echó la persiana. En el sexto, un animal incómodo y geniudo, intentó lucirse pero era un imposible. Todo su entorno conspiró contra el arte y él estaba solo en el ruedo. o Esta crónica la he publicado en Diario La Rioja

viernes, 22 de septiembre de 2017

Un robo de puerta grande

El diestro de Arnedo reventó literalmente a un Miguel Ángel Perera perdido y a un Cayetano que juega en otra liga 

Urdiales ofrece la mejor tarde de su vida en Logroño, desnuda el toreo y el palco le niega un triunfo histórico en Logroño

Diego Urdiales desnudó el toreo ayer en Logroño. Meció el capote de una manera sublime, toreó en redondo y al natural como nadie, enterró la espada en la yema y el presidente de la corrida, con una actitud que no alcanzo a comprender, le robó la puerta grande de una forma clamorosa. No tiene explicación lógica el ridículo tan espantoso que hizo el palco, con Manuel González a la cabeza y con el asesor Salvador Arza a su izquierda. Increíble. La plaza le hizo dar una segunda vuelta al ruedo a Urdiales (yo hubiera dado tres o hasta cuatro, si se me apura), gritó ¡torero!, ¡torero!, ¡torero! y le devolvió la afrenta al usía con una pitada que hacía años que no se recordaba en el coso logroñés. En este caso no había disculpa posible, ni la espada ni la emoción ni el toreo. Incomprensible y más que triste: patético.

Pero mucho más allá de las orejas, de los triunfos, está el toreo, el refugio en el que Urdiales habita desde niño y que, tal y como demostró ayer (una vez más) interpreta como nadie. No existe ahora mismo ningún torero en escalafón que se le acerque ni soñando. Y buena prueba de ello fue su faena al cuarto, un toro altiricón, feo de hechuras, manso, con embestidas desordenadas como un sudoku. Y allá que fue Urdiales para dictar una verdadera lección. Comenzó en redondo, tan suave, tan enterrado en la arena, tan sabio con las alturas, que 'Sombrerero' comenzó a caer hipnotizado en los vuelos. Urdiales le firmó dos soberanas tandas por ese lado hasta que sacó la izquierda y la plaza cayó rendida a sus pies. Perito en torería como perito en lunas, en un ademán al salir de una tanda, el toro se le vino por la espalda y le dio un volteretón espantoso. Ni se miró el diestro. Henchido y tremendo, se fue de nuevo hacia el astado y le cuajó la mejor tanda de naturales que se ha dado en esta plaza desde que se inauguró en el 2001.  Fue sencillamente excepcional, compás, duende, ritmo. Toda la belleza del toreo resumida en esa serie de muletazos que le brotaron a Urdiales de lo más recóndito de su alma. No había dolor, tan sólo el asombro de la tauromaquia, la insospechada naturalidad de un tipo jugándose su vida con una entereza que destierra para siempre cualquier mediocridad. La grandeza del toreo en su máxima expresión. Se llama Diego Urdiales, nació en Arnedo y marca las diferencias.

Y el resto...
Y buena prueba de ello es lo que sucedió ayer con sus dos compañeros de terna, y fundamentalmente con Miguel Ángel Perera, que no estuvo, que quedó literalmente barrido por el toreo que acababa de contemplar. En sus dos toros, además, y de forma mucho más acusada en el quinto, un astado de una clase excepcional por el pitón derecho. No fue capaz de darle ni uno y estuvo a la deriva sin lograr plasmar absolutamente nada con un animal que no consentía el más mínimo desajuste. Cayetano también tuvo un buen toro: el cuarto, al que masacró en varas. La faena quedó en nada. En el sexto dibujó una actuación ventajista en la periferia del toro y del toreo. Daba la sensación de que ambos diestros jugaran a otra cosa. Porque ayer entre lo que hizo Urdiales y sus dos compañeros de terna existe tanta distancia que casi da miedo hasta pensarlo.

«Yo he sentido el toreo y los olés rotos de toda la plaza»

El mosqueo que se vivió ayer en la plaza de toros de Logroño tardará en olvidarse. La actuación del palco del coso de La Ribera no dejó indiferente a nadie porque la petición de la segunda oreja para Diego Urdiales fue unánime. El torero de Arnedo no quiso hacer ninguna valoración sobre la actuación de la presidencia: «Me quedo con lo que he sentido en la plaza, con la tarde que he dado a mi público y con lo que he podido sentir toreando con el alma. A estas alturas de mi carrera eso es lo más importante. El resto, sinceramente, me da exactamente igual».

-¿Se encuentra bien de la voltereta?
- Sí, me duele un poquito en la zona de la axila y voy a pasar a la enfermería; es como si tuviera un desgarro.
-¿Qué ha sido lo más importante de la faena al primero?
-Le he sentido la calidad desde el capote, aunque también sus escasas fuerzas, por eso he tenido que ir haciendo todo con extrema suavidad.
-¿Había que consentirle mucho?
-Era fundamental afianzarlo primero para que no perdiera las manos. Cualquier violencia en los toques le sentaba fatal, pero yo he notado que si era capaz de darle el temple necesario me podía valer.
-¿Y el cuarto?
-Ha sido un toro muy clásico de esta ganadería. Con tendencia a salirse suelto, como distraído siempre y muy informal desde que ha salido.
-¿Cuál ha sido la clave de la faena?
-Creo que básicamente el temple, por la derecha lo he ido afianzando mucho al principio para luego tomar la izquierda, que era el mejor pitón.
-¿Se ha confiado a la salida de la serie cuando el toro le ha dado la voltereta?
-Nunca terminas de confiarte, pero la verdad es que se me ha venido de forma inesperada.
-Entonces, la gente se ha vuelto loca...
-Son esas cosas que suceden, pero yo sabía que la faena tenía todavía un gran número de argumentos por explicar.
-Gran estocada aunque el toro ha tardado en doblar.
-Era una animal muy grande, pero estoy muy contento del momento que atravieso con la espada.
-¿Con qué se queda de la tarde?
-Con el toreo, estoy feliz con lo que he sentido y muy orgulloso de todo lo que me ha dado la plaza de Logroño. Ha sido una tarde inolvidable.
-¿Qué le queda de temporada?
-El sábado toreo en Talavera de La Reina y un festival en Salamanca con Tomás Campos.
o Artículo publicado en Diario La Rioja

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