Morante

Morante: «Los toreros somos solitarios porque el arte debe nacer de dentro»


Foto de Justo Rodríguez

Por Pablo García-Mancha

«La tarde fue preciosa, tengo un recuerdo muy nítido por la importancia de esta plaza, porque se daba en la televisión y por el toro, que parecía que no y que no, pero que al final fue un delirio. Aposté y me extasié, pude sentirme y triunfar de esa manera. Me impresionó la forma en la que lo vivieron los aficionados y me llenó mucho que todo aquello aconteciera en un lugar tan lejano a mi tierra y que se sintiera con esa emoción». Así recuerda Morante, que actúa hoy en La Ribera mano a mano con Miguel Ángel Perera con toros de Vellosino, su gran triunfo del año pasado. Esta entrevista se realizó el martes en Salamanca, unas horas antes de hacer el paseíllo en La Glorieta.
-El toreo dicho tan despacio como usted acostumbra puede ser un lenguaje universal.
-Rafael de Paula me repetía que el arte no tiene fronteras. Es un sentimiento que se transmite y que lo puede vivir cualquiera.
-Existe algo increíble en su trayectoria: ¿Cómo es capaz de mantener esa regularidad realizando faenas tan excelsas tantas veces por temporada?
-Es difícil porque necesito un tipo de toro que preste unas condiciones que a veces no se dan, pero lo que más me está gustando es que soy capaz de improvisar de manera diferente con cada toro. Eso le da un sentido particular y especial a cada faena, donde no cabe el aburrimiento ni la monotonía, cosa que odio. Estoy siendo capaz, dentro de mi línea, de poder improvisar haciendo cosas que quedan en la memoria y que me satisfacen. Incluso hasta me sorprendo de haberlas hecho.
-¿Es el toreo capaz a estas alturas de sorprenderle?
-Sí, claro, y es lo realmente hermoso. Pero para eso hay que dejarse llevar un poquito. Cada toro te presenta unos movimientos distintos que uno los va acompañando de una forma singular. Para mí es lo más bonito del toreo. Me aburren mucho esas faenas técnicas, todas iguales, repetitivas. Yo soy así, no puedo ser de otra manera aunque me lo propusiera.
-En su evolución existe una parte técnica de profundo conocimiento de la raíz más íntima del toreo, y otra de búsqueda muy personal. ¿Estudia a los toreros antiguos?
-Yo era muy mal estudiante y no me atrevo a conjugar ese verbo. No es que los estudie, pero sí que los veo, los observo y a través de ellos pienso que interfieren en mi mente, en mi propio estado anímico y en mi evolución personal y artística. No hace falta estudiarlos, con verlos te vas amoldando y te hacen percibir el mundo con mayor amplitud. Eso hace que los vaya llevando a mi estilo, a mis formas. A veces sale casi sin darte cuenta y otras veces lo entreno de salón. Pero lo más importante es que se mezclen con uno mismo y que acaben siendo partícipes de ti para que brote algo genuinamente personal. Lo que sí es verdad es que me fijo en todos los toreros y veo muchísimos vídeos.
-¿Es dura la presión de que los aficionados cuando van verle lo esperen todo de usted?
-No me gusta dejar mal a mis aficionados, pero al que no me gusta dejar mal es a mí mismo. Creo que soy lo que soy porque he sido capaz de prescindir de los aplausos fáciles o de orejas pedidas como si fuesen limosnas. Me tengo que apartar un poco de todo lo exterior a mi mundo, de todo lo que se espera y ser yo mismo. El torero tiene que ser muy solitario porque el arte debe nacer de dentro, y para escuchar tu interior es necesario el silencio. Por eso procuro apartarme de todas las expectativas, aunque, claro está, sufro mucho cuando no salen las cosas y el público se enfada. Pero eso también es parte del arte.
-Torear tan despacio... Imagino que a uno le tiene que hacer añicos por dentro porque se llega a una espiritualidad que se confunde con el toreo.
-Totalmente, Belmonte decía que el toreo es un ejercicio espiritual y estoy totalmente de acuerdo con él. Es bonito eso de poder parar el tiempo, acariciar la fiera y llevarla con mimo y con sentido. Cuando el toreo te embriaga no existen calificativos que sean capaces de describirlo. Por eso sólo la poesía es la única expresión capaz de relatarlo.
-Da tiempo a pensar más allá de la técnica cuando se siente el toreo en ese lugar tan inhóspito y solitario como es el ruedo ante un animal que le quiere arrebatar la vida.
Foto de Justo Rodríguez
-Está el conocimiento de uno mismo, de sus límites. Pero en ocasiones la mente no es buena para el alma. A veces te habla y no la escuchas. Es como un mecanismo de diálogo de sordos. Se va haciendo lo que en un momento dado sale, pero uno escucha la parte práctica: si tomo la derecha, la izquierda... Pero no es del todo positivo para el alma y tienes que ir equilibrando cada resorte. En el término medio está la virtud y unas veces conviene escuchar y otras hacerse el sordo.
-¿Se tiene que dejar uno llevar en la plaza?
-Hay que abrir el corazón y los sentidos. Es vital despegarte de aquello que te maneja, aunque al principio te dé mucho miedo. Pero cuando le vas cogiendo el gusto es algo que terminas por buscar, y hace que te aferres y te entregues a lo que resulta más desconocido. Eso es lo grandioso; es más, creo que en eso consiste la poesía del toreo.
-¿Y qué papel juega el miedo?
-Es lo que te dice qué no debes hacer locamente. Cuando se realiza arte no puede ni debe haber miedo; no me puedo imaginar a Dalí pintando un cuadro con miedo. Si existe el arte no existe el miedo; el miedo está en una etapa anterior. Dentro de una faena puede haber momentos con miedo, pero cuando realmente está el arte uno tiene que estar abandonado y no tiene que sentir miedo.
-Entramos en un territorio del alma muy complejo.
-Yo no lo conocía cuando empezaba en el toreo. A mí siempre me ha gustado hablar poco, pensar mucho, ser un poco místico... Toda esa profundidad me la ha ido dando el tiempo y ha sido lo que me ha guiado mi carrera y mi vida. Como le he cogido el gustillo no paro de buscarlo. Unas veces llega, otras no. A veces yo paso mucho miedo, otras menos, pero el arte no tiene miedo.
-¿Se acuerda de aquella tarde de Arnedo de 1996?
-Claro, precisamente esta semana en Salamanca me la recordaba 'El Viti' porque él fue la persona que me entregó el Zapato de Oro y estuvimos hablando de aquella faena con entusiasmo porque me contó la emoción con la que su mujer la había vivido. Me dio una enorme alegría escuchar aquellos comentarios.
-Muchos aficionados tuvimos la sensación de que flotaba toreando; sin embargo, ahora, es lo contrario casi, como si se enterrara en el ruedo cuando lo hace.
-Cuando interpreto siento una sensación como si estuviera perdiendo la gravedad. Hay veces que la pierdes. No es exactamente aquello de Belmonte de que se perdía la sensación de tener cuerpo, creo que es como fundirse con el toro. Belmonte hablaba de olvidarse del cuerpo, pero yo creo que es sentirlo todo en uno, que sea una comunión total tuya con el toro. Cuando estás delante de él, con su peligro, con su fuerza, y tú con dulzura eres capaz de hacerlo pasar se produce algo como ingrávido que me enloquece.
-¿Hay que saber esperar y tener paciencia para verle?
-Existe una anécdota maravillosa de Sánchez Mejías en su casa de Pino Montano en la que organizaba veladas flamencas. Una noche llamó a Manuel Torre para que cantara y había un amigo de Ignacio que no era aficionado pero que quería escucharle porque todo el mundo hablaba maravillas del cante de Torre. La noche avanzaba y Torre no cantaba... El amigo, impaciente, se dirigió a Ignacio y le espetó: 'Mira la hora qué es y no ha abierto la boca'. Sánchez Mejías le puso la mano en el hombro y le dijo: ¿Y si canta? A lo que digo yo. ¿Y si sale el toreo? No es posible cortar esa vía de inspiración del ser humano. ¿Y si sucede? Hay que saber esperar y saber volver al día siguiente porque... ¿Y si canta? ¿Y si aparece el toreo?
o Esta entrevista la he publicado en Diario La Rioja.

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