jueves, 21 de septiembre de 2017

EL DÍA QUE LOGROÑO SE ABRAZÓ A SÍ MISMO



Hoy se cumplen diez años del indulto del toro Molinito de Victorino Martín por Diego Urdiales 

De pronto miré hacia arriba y un señor con bigote estaba llorando. Los lagrimones se despeñaban por sus mejillas mientras se abrazaba con un amigo de un amigo suyo que no conocía mucho pero que había venido a los toros porque otro amigo se había perjudicado la noche anterior y le dio pereza levantarse. Chopera se abrazaba con Victorino, después Victorino con Diego y Diego con Villalpando, con Victorino y hasta con Chopera. Yo me abracé con todo el mundo. La plaza se abrazaba a sí misma. Todo el toreo fue un abrazo, una conspiración contra lo determinado, una constatación irrefrenable del sentido impredecible de una corrida de toros. Molinito se encontró con Urdiales tal día como hoy hace diez años. El toro se hizo inmortal y el torero de Arnedo comenzó a salir del ostracismo para convertirse en el icono mismo del toreo contemporáneo. Nada estaba dispuesto. Diego ni siquiera estaba en el cartel. Pepín Liria cayó herido en Murcia y Chopera llamó a Urdiales para cubrir el desaguisado de una feria con un carrusel impresionante de sustituciones. Y Molinito tampoco era para Logroño. Tanto es así que había estado en los corrales de Pamplona acompañando a los seis hermanos que corrieron el encierro. Fue a la capital foral sin estar en la corrida ni colocarlo como sobrero. Una cosa rara, como él, un toro raro. Largo, zancudo, serio, abierto de cara y ofensivo. Humilló en el capote pero no lo hizo en la muleta. Tenía fijeza y cojones, muchos cojones. Un torbellino fue, un huracán desatado que llegó a los tendidos desde que salió a La Ribera y Urdiales lo cuajó a la verónica. Empujó por derecho en el caballo y allí que se plantó Diego, con aquel vestido blanco y plata de la alternativa. 

Torerillo juncal y fino 
que arriba se vino 
para poder y someter 
al toro gris marengo
de Victorino

Blanco y plata como una premonición de vida. Se coreaban los muletazos. La plaza loca, el frenesí del toreo. Los pañuelos comenzaron a aflorar en los tendidos, uno aquí y ciento allí en dos segundos. Miles en un minuto. Urdiales siguió en natural y después, por redondos. La locura. Tomó la espada, se perfiló sin intención de muerte. Dejó la espada. Por redondos y al natural. Por natural y en redondo. Antonio González Suberviola en el palco, teléfono en mano. Como Landelino Lavilla en la presidencia del Congreso evacuando consultas. Los pañuelos volaban, Urdiales toreaba hasta que apareció el moquero naranja, que nadie pensaba que existía, pero que estaba allí, en el palco a la mano del usía.

Torerillo juncal Urdiales 
que arriba se vino 
para poder y someter 
al toro de Victorino
por naturales

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