jueves, 17 de marzo de 2011

ME GUSTARÍA SER JAPONÉS

Aunque me fascina la cocina nipona, nunca he tenido la oportunidad de desayunar atún crudo en el mercado de Tsukiji, ni de tomar dashi con salsa de soja o el ardiente washabi, que tal y como explica Fernando González Viñas, en su libro Japón, un viaje entre la sonrisa y el vacío, pica al revés, es decir, que la quemazón no baja a la garganta, se sube al cerebro vía nasal y allí explosiona como fuegos artificiales. En este mismo libro el autor nos introduce, a través de dos viajes, en el alma de un país sorprendente y contradictorio que ahora está sufriendo el mismísimo Armagedón tras el brutal terremoto, el tsunami y la amenaza atómica que no se sabe muy bien cómo va a acabar. Me cautivó leer cómo los vagones de metro van equipados con desfibriladores y esto indica bien a las claras la capacidad preventiva de una nación afianzada sobre una auténtica bomba de relojería y experimentada como pocas en el dolor, tanto el infligido como el sufrido. No deja de llamar la atención la fuerza de voluntad de sus gentes, la capacidad de organización, la férrea disciplina, la confianza en el porvenir de un pueblo que ha sido arrasado por una de las catástrofes más brutales que imaginarse pueda. Japón está destrozado, pero no roto. Y los envidio porque en España, en el momento que sucede cualquier desgracia, en vez de imperar la solidaridad, suelen aflorar primero las rencillas, los odios viscerales, las deudas históricas. Japón se debate ante una crisis nuclear sin precedentes y en Europa nos miramos al ombligo preguntándose nuestros políticos si son seguras las centrales atómicas. Da grima escucharles a sabiendas de que sólo están vendiendo humo. Me gustaría ser japonés y poseer ese sentido tan exacto de lo que es verdaderamente importante.

o Este artículo lo he publicado hoy en Diario La Rioja en una serie que aparece los jueves y que se titula Mira por dónde. La foto la he encontrado en The Big Picture / Boston y es de Associated Press / Kyodo News.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy buen comentario, pero alguna duda me queda.
Verdaderamente no les dio miedo los que les paso en Hirochima y Nagasaki, tuvieron que instalar un total de 60 reactores atomicos en el pais del mundo mas propenso a los terremotos.
Tiene que haber una oscura explicacion economica otra cosa no me explico.
Son buena gente los japoneses, pero unos autenticos zoombies en manos del Gran Capital.

I. J. del Pino dijo...

Yo que como sabes anduve por aquellas tierras este verano, he tenido el placer de desayunar atún crudo con su wasahabi, por aquello del anisakis, y he degustado los dashi, pero con independencia de lo exótico, lo más llamativo es lo que tú comentas: su capacidad de respetar las normas hasta tal punto, que ni ante una desgracia como ésta, se saltan "el protocolo" a la torera. La improvisación es una virtud siempre y cuando sea una reacción ante algo inesperado y no pautado. Ellos tienen sus pautas y las siguen, y no se echan la culpa unos a otros, como pasaría aquí, y no saquean sus tiendas, como pasaría aquí, y no se pisotean, como pasaría aquí....
Excelente artículo, amigo.

Anónimo dijo...

Yo ni de coña querría ser japonés -tampoco puedo, o sea que ningún problema. Pero es verdad que es un país sorprendente y que me encantaría conocer. El libro del que hablas tiene buena pinta, y el wasabi es mejor que el vicks vaporús.
Un saludo
Desperdicios

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