miércoles, 28 de mayo de 2008

Las contradicciones de Fuente Ymbro o las inconsistencias e incoherencias de una idea

Las contradicciones nos ayudan a ver las inconsistencias e incoherencias de una idea. Y si no estamos de acuerdo, que se lo pregunten a Ricardo Gallardo, que se harta de enviar los toros más bravos a cualesquier corrida concurso en la que se anuncie, ya sea compitiendo con históricas divisas de pezuñas apretás o con flujos de monovarietales rama Domecq. Ricardo Gallardo envía toros bravos a San Fermín, a las Fallas, a Castellón o Zaragoza; los factura a Francia, a San Sebastián y a Sebastopol, si es preciso. Pero si los selecciona para Madrid... aparecen de pronto todas las inconsistencias e incoherencias de una idea y le sale un churro de proporciones siderales, un churro metafísico, algorítmico y descuajeringado, un churro de campeonato. Será el miedo escénico, la inseguridad, o quizás la necesidad de demostrar que lo suyo lo más bravo habido y por haber, pero el caso es que cuando llegan a la capital del Reino, los bravos fuenteymbros de provincias se achantan, se desmejoran y se convulsionan de tal manera que la divisa esperada como la más rutilante envía el toro más manso, listo y cabrón que ha surcado el ruedo venteño en los últimos tiempos. Y el señor Gallardo mirando a sus notas, atónito, incrédulo, con un desconsuelo dibujado en su semblante como un mensaje que decía que el fondo de su dehesa le había traicionado, que sus toros, que sus papeles, que sus cruces y experimentos habían fracasado.

o Sin embargo, la corrida merece un análisis concienzudo. Sin duda faltó bravura y fondo, pero conviene destacar lo irreprochable de su presentación (me encantaría que la corrida de José Tomás del próximo cinco de junio estuviese en ese sentido pareja a la lidiada ayer en Madrid; lo digo ahora para que no se me acuse después de partidario y de otras sandeces que he tenido que soportar). El primero fue un manso pregonao, de mala casta y de muy feo estilo. La cosa mejoró con el segundo, que a pesar de ser más claro, se revolvía incierto y no paró de pegar cabezazos en la muleta de El Juli. El tercero fue el que más se dejó, el más noble, pero se acabó pronto y al final sacó matices de borrego. El cuarto, muy gazapón, se metía por dentro. El quinto no me gustó por su poco fondo y porque cuando se vio sometido cantó la gallina y el sexto, muy incómodo, se rajó y no soportó verse podido.


o En cuanto a los toreros
, me gustó Miguel Ángel Perera. Muy superior al sosete tercero, se la jugó de verdad en el sexto, pisó un terreno muy duro y casi le arranca la cabeza de cuajo de un tornillazo. Miguel Abellán tuvo un lote transparente: el primero pregonaba su mansedubre y el cuarto su falta de bravura. Y me encantó El Juli, aunque estuvo desastroso con la espada. Con el segundo, el toro de los cabezazos, lo enseñó por ambos pitones, y menos mal que cayó en sus manos. Y en el otro estuvo, de nuevo, muy por encima. Y tuvo un detalle de torero de verdad en el quite al segundo de Abellán: el toro se le vino a los pechos, resultó arrollado, y tras el envite, cogió el capote y firmó una bellísima media, llena de profundidad y empaque. Ahora bien, con la espada estuvo para echarle al pilón, donde también tendría un hueco don Ricardo Gallardo, que es de esperar que aprenda de sus contradicciones para que vea
las inconsistencias e incoherencias de una idea.

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