lunes, 6 de junio de 2005

El lugar en el que los vendedores compran

Un paseo madrugador por Mercarioja, donde se abastecen decenas de comerciantes de Logroño y sus alrededores

Muchos piensan que a las cinco de la mañana las ciudades se guardan por pudor a mostrar su anatomía. Las calles, desiertas, apenas contemplan rumores de automóviles furtivos y algún que otro peatón marcando pisadas sonoras que rompen el silencio del sueño. Los semáforos, hasta hace poco tiempo luces monótonas y silenciosas, resuenan con un traqueteo sorprendente que revela el mecanismo que rige sus entrañas. A las cinco de la mañana, muchos piensan que sólo están despiertos los panaderos y los despistados.
Pero en Mercarioja, cuando la luz del sol no es ni siquiera una utopía, el constante fragor de camiones, camionetas y algún que otro vehículo de carácter indescifrable, repletos de pescados procedentes de los mejores caladeros y toda suerte de verduras y hortalizas, es un hecho cotidiano de martes a sábado.
Mercarioja es la mayor despensa de la ciudad. Allí, Carpanta y Pantagruel se hubieran fundido de tal manera que uno vendería salmones, atunes y rodaballos en la lonja sur y el otro cebolletas de ensalada, berros y naranjas en el espacio donde reinan las hortalizas.
Mercarioja, acertado acrónimo que resume en dos ideas su filosofía, es el lugar donde se abastecen un gran número de minoristas de Logroño y sus alrededores; es decir, donde compran los vendedores.Y esta aparente paradoja se la recuerdan al extraño cuando se pasea, aterido y todavía sin desperezar, por sus instalaciones: “Prohibido permanecer los no profesionales”, dicen algunos carteles dispersos entre los muros y columnas que configuran un espacio moderno, frío y tan funcional que pasa prácticamente desapercibido, aunque aparentemente tenga un carácter semilaberíntico con incontables puertas en su costado para facilitar las transacciones.
Mercarioja, situado frente a las instalaciones de Alcampo, tiene un estructura similar a dos grandes pulmones: de un lado, y mirando al sur y al monte de la Pila, la lonja de pescado. Al otro, de cara a la circunvalación, el mercado de las hortalizas, frutas, verduras y legumbres. Y en medio, el bar, no como corazón de este asunto, porque si la actividad en el exterior es frenética, dentro de él se respira la única calma que recuerda que fuera ni tan siquiera es de día. Es de los pocos bares del mundo donde el periódico que se lee siempre es el de ayer.
Durante toda la noche existe un continuo trasiego de mercancías: magníficos camiones frigoríficos rebosantes de pescado del cantábrico y quizás de otros mares descargan su exquisito género: lubinas, lenguados, salmones, rodaballos, rapes, merluzas, cigalas, gambas, mejillones, almejas, chirlas, merluzas y/o pescadillas, bonitos frescos, chicharros y bacalaos, entre cientos de posibilidades, configuran un manto indescriptible que reúne en un breve espacio de tiempo una ensalada de olores que parece casi un sueño y que por momentos trasladan al cronista al puerto de Fuenterrabía o Santoña, por no ir más lejos. Las cajas de madera casi blanca, el hielo desparramado por todos los sitios y las botas plastificadas hasta las rodillas, componen el paisaje de esta zona, la más ruidosa y la más espectacular.
Apenas a tres segundos de distancia, si se supera la tentación del bar, de otros vehículos de menos prestaciones se desembarcan cientos de canastas con tomates, calabacines, aguacates, limones, zanahorias, judías verdes y pintas, endibias, manojos de cebollinos, rábanos, cabezas de ajos, patatas, cardos, manzanas golden, pimientos y un interminable catálogo de frutos obtenidos, dicen, del arte de arañar la tierra, sembrar o plantar –según sea el caso– y después recolectar.
No reina el caos
Las cajas se agolpan unas con otras en un aparente desorden que sin embargo no tiene ni un ápice de caos. Todos los mayoristas que prestan su ciencia en Marcarioja sabían que el espacio era plano mucho antes de que ningún científico dictaminara esta certidumbre, muy clara desde siempre para un gremio que aprovecha cualquier recoveco para colocar una columna de canastas con relucientes peras acostadas cada una en una especie de almohadilla azul de papel celofán.
Y para cuando cada cosa está en su sitio y presta para seducir al vendedor, que por un momento del día se quitará el chaleco del ofrecimiento para ajustarse el de la exigencia y reclamar para sí y su clientela lo mejor, ya son las seis de la mañana y las puertas están a punto de abrirse para recibir la avalancha de los minoristas más madrugadores.
Una amplia cola de pequeñas furgonetas aguarda con impaciencia a que el guardia jurado le dé paso al interior. Todavía es de noche pero el tono negro del cielo ya deja espacio para que algún azul marino merodee sobre la silueta de Logroño.
Cuando, por fin, se da paso a los pequeños comerciantes comienza un baile de números, gritos y actividad en la zona pesquera que contrasta con el silencio y la tranquilidad del otro lado.
Definitivamente, los que más madrugan son los pescateros que pasean por las cajas donde reposan las piezas preguntando precios, desechando o firmando compras con un leve movimiento de cabeza, bien sea en un sentido o en otro. Nadie se fija en nadie, cada uno a lo suyo y sabiendo siempre a quién interesa comprar cada día de la semana.
Lo que se elige se deja apilado en el suelo. Nadie osará a tocarlo ni hacerse con nada que no sea suyo. Cuando se terminan todas las compras, se introduce el género en la furgoneta para llenar los anaqueles de cada establecimiento con género adquirido con sumo mimo.
Las mismas reglas imperan donde las hortalizas, lo que sucede es que allí es casi de día y el sol ya no le extraña a nadie.

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Blog de ideas de Pablo G. Mancha. (Copyleft) –año 2005/06/07/08–

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