domingo, 9 de octubre de 2016

Y Alejandro Marcos sacó su muletita

El torero salmantino ofreció al público una faena repleta de muletazos dictados al ralentí

Alejandro Marcos es uno de esos novilleros que saben torear, pero torear... Y no me refiero a la técnica necesaria para hacer pasar los toros o las artimañas tan resueltas y habituales de la muleta convertida en una pantalla o la colocación detrás de la mata por sistema. Digo torear, aposentar las plantas, cargar el peso en los riñones para que el cuerpo caiga a plomo en los talones. Rectitud, verticalidad y naturalidad. Marcos toma la pañosa y lo hace de arriba a abajo, juega las muñecas y transmite la sensibilidad de sus yemas a la urdimbre de la franela. Me encanta su toreo, sus formas, su plasticidad y ayer en Arnedo pasó casi desapercibida para la mayoría del público. Éste es un fenómeno cada vez más habitual: le sucedió a José Tomás en San Sebastián con el primero de su lote; a Diego Urdiales en Logroño en la faena del coloradito 'Fuenteymbro' en San Mateo y ayer al novillero salmantino en Arnedo. Al público actual de toros le conmueve la velocidad en la embestida, la ligazón de los muletazos sin solución de continuidad, pero cuando aquello se para, parece imposible la conmoción excepto para el cada vez más reducido grupo de aficionados que disfrutan del toreo más profundo, bello y emotivo. Quizás el hecho de que el toro estuviera algo mermado de su mano derecha pudo hacer que la mayoría del público no se diera cuenta de cómo estaba toreando, pero la realidad es que la altura artística, su plasticidad y su reunión con el astado fueron de altísima nota. No sé, pero la velocidad en el toreo tiene un efecto parecido a bajar la temperatura en exceso a un vino: tapa cantidad de defectos y lo malo puede pasar por regular y, en demasiadas ocasiones, hasta por bueno. Y es una pena que no brotaran los olés que merecía la calidad de su toreo. Javier Marín lo intentó de veras con el primero, un novillo picajoso con el que ahondó por la senda que demostró en Pamplona. Mucho más allá del valor que demostró con los faroles de rodillas con los que recibió al primero de la tarde, me gustó que quisiera materializar ese toreo con la mano izquierda. Juan de Castilla se amontonó con sus dos toros. El colombiano tiró por la senda del toreo rápido, de la polvareda y eso sí, dejó la mejor estocada de la feria. o Este artículo apareció publicado en Diario La Rioja el sábado 1 de octubre de 2016. La foto es de Elena Díaz

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