jueves, 1 de septiembre de 2011

DE LUCHADOR A LUCHADORA

Ni una duda. Tomó muleta y espada, destocado, y con la montera en la mano buscó Diego Urdiales su mirada en el callejón, su melena negra, su inalterable belleza de ojos infinitos. Se aupó levemente en el estribo y apoyado en la barrera le dijo algo sagrado que siempre quedará entre ellos: dos luchadores que nunca han dado resquicio al desaliento, a la derrota, al desamparo. Diego Urdiales le brindó el toro a Eva Barco, pero le brindó su vida a sabiendas de que ella es un ejemplo de constancia, de querer ser, de no venirse abajo cuando la existencia plantea en cada respiración un acabose, una especie de meta inalcanzable, un reto en cada despertar.

Diego, un torero que ha masticado en silencio la incomprensión sin una queja y Eva, una compañera periodista de una calidad humana excepcional. Juntos en un ejemplo de gallardía insuperable, de que lo realmente importante de la existencia va mucho más allá de los triunfos pasajeros, de las glorias falsas de celofán o de esa mediocridad que definen las estadísticas y los resultados. Lo importante es querer ser, atisbo que le dijo.

Me conmovió profundamente este brindis torero y supe en ese preciso instante que, si Diego Urdiales lo había hecho así, es porque presagiaba que algo realmente grande estaba a punto de suceder. En el toreo las buenas faenas, cuando son realmente hondas, tienen rango de acontecimiento, de contractura del alma. Era el primer astado de la corrida del día grande de las fiestas de Calahorra pero había en el aire manso y alcalino de la tarde un rumor leve de faena gorda: o llovía o se toreaba, parecían amenazar unas nubes negruzcas y altiriconas sobre La Planilla que venían de Logroño con cientos de cántaros de agua en su temibles barrigas. Venían a lomos del Ebro pero se detuvieron.

Y se lo brindó a Eva Barco porque Diego estaba seguro de que ella iba a entender sin cortapisas que cuando se torea así conviene detener la respiración, levantar tenuemente la mirada, apretar la montera del torero junto al costado porque entre el toro de Santiago Domecq y la muleta del diestro arnedano iba a brotar ese diálogo misterioso y antiguo que supone el toreo así de puro. Eva, con sus ojos negros e infinitos, su pelo negro, y su mirada clara, contenía la respiración cuando brotaba ese toreo cadencioso de Urdiales, ese compás frágil y sedoso de Pepe Luis, ese ritmo silencioso del toreo puro que no conoce de matices ni de interrogantes, que surge así, reunido con el toro, embebiéndolo una y otra vez con los vuelos de la franela y con los pies quietos como una estatua. Toreo que sobrepasa los cánones, toreo que supera la técnica porque cuando se dicta así, tan al ralentí, se vacía uno por dentro, se queda sin nada porque lo ha dado todo. Y esa es la clave, darlo todo.

Y ayer Diego Urdiales sabía que se lo tenía que dar todo a Eva Barco: te brindo la muerte de este toro porque eres una luchadora, un ejemplo, una demostración de que querer siempre es poder; y en eso somos hermanos del alma, mascullo para mí que le diría cuando se aupó levemente en el estribo de la barrera con la montera en la mano para ofrecérsela.

Diego Urdiales volvía a Calahorra y hubo un momento que me recordó aquella faena insondable que hizo en este coso con apenas doce años. Yo estuve allí y ahí está el vídeo para el que quiera comprobar cómo toreó aquel día un muchacho al que la naturaleza no le quería dejar crecer. Pero el niño tuvo arrestos de hombre para decirle no a esa naturaleza y crecerse como nadie podía imaginar. Como Eva para vivir. Y ayer a este cronista se le encogió el corazón cuando Diego se acercó a ella, a su pelo negro y su mirada infinita, y le ofreció su montera de luchador a luchadora.

o Este artículo lo he publicado hoy en Diario La Rioja, la foto es de Antonio Díaz-Uriel.

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