domingo, 3 de agosto de 2008

El toreo como existencia

Francis Wolff, catedrático de Filosofía de la Universidad de París, traza en su libro ‘Filosofía de las corridas de toros’ la relación de la tauromaquia con la muerte, el arte, la belleza y sus valores éticos

El arte del toreo nació al mismo tiempo que el ‘arte moderno’. Cinco o seis años después de ‘Las señoritas de Aviñón’, Juan Belmonte fundó los cánones estéticos del toreo y definió sus formas creadoras. La coincidencia de fecha entre su famosa serie de verónicas en Madrid en la primavera de 1913 y la ejecución de la Consagración de la Primavera, de Stravinski, es el tipo de azar con el que a veces se complace la historia. Así comienza el sexto de los capítulos –titulado ‘Toreo, arte clásico e impuro’– del libro ‘Filosofía de las corridas de toros’, obra del catedrático de filosofía francés Francis Wolff.
Y es que esta obra, recién editada en España y traducida del francés por el propio autor, se ha convertido ya en el mejor análisis de la ética de las corridas de toros, de sus fundamentos y de los propios deberes de los hombres para con los animales en general y con los toros de lidia en particular. Wolff asegura que la corrida no es ni inmoral ni amoral en relación con las especies animales. La relación del hombre con los toros durante su vida y su último combate es desde muchos puntos de vista ejemplo de una ética general. Su primer principio sería: hay que respetar a los animales, o al menos a algunos de ellos, pero no en igualdad con el hombre. Los deberes que tenemos hacia otras especies, incluso las más próximas a nosotros, están subordinados a los deberes que tenemos hacia los demás hombres, incluso los más lejanos. (...) Durante la lidia, el torero puede expresarse pero también debe permitir al toro expresarse a sí mismo, y lo que tiene por decir el toro bravo es algo así como: «Defenderé mi terreno, todo el ruedo es mío, todo el espacio es mi espacio vital, haré huir a cualquier extraño que lo pise, cogeré al que ose aventurarse, te expulsaré seas quien seas, volveré sobre ti para coger, y más, y más...» Ésta es la voz del toro bravo, tal como la hace oír el torero leal. El respeto por el toro en la plaza consiste en comprender esta voz que habla y finalmente hacerla cantar, en hacer pues una obra de arte con esa embestida natural y con su propio miedo de morir. Wolff también explica el toreo de José Tomás y su compromiso con el arte: «El abandono de su cuerpo inmóvil a la embestida del animal es a veces tan total que como se ha dicho que parece querer inmolarse». Francis Wolff es catedrático de Filosofía de la l’Ecole Normale Supérieure de la Universidad de París y miembro del grupo de Notables de la Plataforma en el II Congreso ‘Toros en el siglo XX’. El pasado verano publicó un artículo en el periódico francés Libération sobre la ética de las corridas de toros y en esta obra se puede llegar a descubrir cuestiones tan interesantes como la posición de los padres de la Filosofía ante la tauromaquia: «Las corridas de toros son también una escuela de sabiduría: ser torero es una forma de estilizar la vida propia; exhibir el desapego respecto a los azares de la existencia y prometer una victoria sobre lo imprevisible. Además, las corridas de toros son un arte; dan forma a una materia bruta, la embestida de un toro y crean belleza». (Artículo publicado hoy en la página temática de toros de Diario La Rioja).

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