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Los turistas del vino son aquellos viajeros que atribuyen un valor muy especial al desplazamiento hacia los territorios donde se produce el vino.Y no sólo quieren degustar los caldos sino también conocer la historia de sus viñedos y la cultura de su tierra y las gentes que la habtan. Un censo presentado en la última edición de Vinitaly, en Italia, indicó que el mundo existen cuatro millones de enoturistas ‘practicantes’ y dos millones ‘ocasionales’, que gastan 2.500 millones de euros al año para dar rienda suelta a su pasión: es decir que cada 10 euros gastados en una bodega generan al menos 50 euros de otros gastos turísticos en la región a la que visitan Un estudio de la consultora Deloitte revela que el gasto medio de un enoturista en España no alcanza los 10 euros al día y que la estancia media de este tipo de turismo en las zonas vitivinícolas en nuestro país es inferior a los dos días. Estas pobres cifras contrastan con los datos de otros países con mucho menor tradición vitivinícola, como es Alemania, donde los enoturistas tienen un gasto medio de 80 euros y una estancia media de seis días. El mismo estudio revela que, a pesar de las diferencias que existen entre la calidad de los vinos alemanes y los españoles, así como del número de bodegas, en España tan sólo entre el 5 y el 10% de las bodegas pueden ser visitadas, frente al 60% de las bodegas visitables en Alemania.
El bajo nivel del enoturismo en España también es comparable con otras regiones europeas. Así, según los datos de Deloitte, las regiones francesas de Alsacia y Borgoña cuentan con un gasto medio de 90 y 75 euros, respectivamente; mientras que las estancias medias de los turistas del vino son de cuatro y cinco días, respectivamente. El escaso nivel del enoturismo español se ve también perfectamente reflejado en cifras comparadas con países como Australia de una escasa tradición vitivinícola. El gasto medio del enoturista en las antípodas es de 50 euros y la estancia media en las ciudades con atractivos enoturísticos es de tres días. Las nuevas tendencias del Enoturismo destacan que el modelo es realizar mayor número de viajes a lo largo del año pero con una intensidad y duración mayor. Por ello, una de las claves para obtener éxito como región enoturística es la diversificación de la oferta y así atraer a nuevos segmentos de la demanda.
Perfiles enoturísticos
o El profesional: se trata de una persona experta en vinos y en la cultural del vino, de 30 a 45 años de edad y está capacitado para analizar con el bodeguero o el enólogo las virtudes o defectos de un vino. Suele ser curioso e interesado en cosas nuevas, y se muestra dispuesto a dedicar su tiempo para descubrirlas y disfrutarlas.
o El neófito apasionado: Suele ser una persona de entre 25 y 35 años de edad, de buena posición socioeconómica, que disfruta del vino y lo identifica como medio para establecer amistades, socializarse, disfrutar de la comida y explorar el territorio. Suele viajar rodeado de amigos, que pertencen a su perfil profesional.
o El narcisista: Suelen ser personas de buen posicionamiento social y de entre 40 y 50 años de edad. Además, estaán interesados en la cultura del vino por el status social asociado y con la intención de poder presumir de conocimientos en viticultura y así poder distinguirse. Está satisfecho con un conocimiento de lo básico e imprescindible para poder impresionar y siente una especial atracción por las bodegas famosas y los vinos de renombre. De hecho, el informe señala que son más fáciles de impresionar que los perfiles anteriores.
o El bebedor: Este perfil atiende a una persona que está entre los cincuenta y los sesenta años de edad y visita la bodega en grupo los domingos como si se tratara de un bar. Disfruta con el vino, pide más y también compra a granel.
Un paseo por Bodegas Ontañón
Sumergirse en Bodegas Ontañón es penetrar en un espacio donde el mundo del vino se da la mano con el arte en una sucesión de sensaciones que tienen que ver tanto con la sensibilidad del fallecido artista Miguel Ángel Sáinz (Riojano Ilustre, 2004), como con su feliz encuentro con Gabriel Pérez, propietario de la bodega y un pionero en la idea de unir vino y arte de una forma tan especial que se consigue fusionar radicalmente las obras de este escultor/pintor/diseñador y arquitecto en un espacio sagrado –la bodega– donde descansa el vino a la vera de seres mitológicos e imaginarios. Porque Miguel Ángel Sáinz no se planteó el diseño estructural de la bodega como una mera galería donde colgar o instalar su obras. Más bien se puede decir todo lo contrario, ya que desde que se entra y sin olvidar la escultura de Ganímedes –el copero de Zeus– que preside la fachada principal del edificio, la sensación en el visitante es sobrecogedora. Ontañón abre sus dos ciclópeas puertas –con barricas grabadas en una especie de bronce verdoso y envejecido que apenas matiza la presencia del ánfora sagrada– y se abandona de súbito la dudosa claridad del día para penetrar en un templo con imágenes matizadas por una luz que perezosamente logra colarse, aunque mitigada, por la textura de las vidrieras del introito. Allí, en medio del silencio, existe una mesa pétrea que apenas se adivina en la penumbra pero que sabe de la condición humana como pocas cosas en este mundo: todos la acarician cuando la conocen y eso invita a pensar que quizás el hombre no sea tan lobo para el hombre como parece al leer cada día los periódicos o al asomarse a la televisión, dicho sea de paso y a pesar de Hobbes. Ontañón es también un laberinto al que interpela un pasillo con las estaciones del Vía Crucis donde descansan miles de botellas en las que se reflejan en un juego de milimétricas aliteraciones decenas de destellos en sus lomos. Además, se pegan a un suelo marrón que se sabe que nos acompaña por la propia ley de la gravedad, pero que pasa desapercibido. Y como apariciones mágicas e inesperadas, de la obra de Miguel Ángel Sáinz se replica de nuevo su ingenio para brotar una tras otra sus esculturas. Dos son las salas en las que óleos y carboncillos se miran a los ojos. Pero en la nave de barricas, donde maceran los caldos, hay un sitio reservado para Oinopión, hijo de Dionisio y Ariadna, criador de vino por excelencia y rey en la isla de Quios, de donde procedían los mejores caldos de la antigua Grecia, singularmente el llamado Prennios. En la bodega está representado trasegando unas ánforas de vino a lomos de un centauro, que por lo común eran criaturas montaraces, violentas y encabronadas, lascivas y amantes de beber el vino con exceso. Aunque hubo unos pocos que destacaron por su inteligencia y generosidad. El centauro Folos, representado en la escultura, fue mentor de Dionisio. Dos causas le encaminaron al sueño eterno, la primera: ser generoso en compartir el vino de los centauros para homenajear a Hércules. Y después, por su curiosidad científica, al querer indagar el poder de las flechas envenenadas de Hércules; una de ellas le rozó, causándole la muerte. El centauro, por combinar en su ser mitológico el genio humano con los instintos primarios del genio animal, es símbolo del enriquecimiento del hombre por el conocimiento y control de los instintos más poderosos de la naturaleza. En la elaboración de los vinos más excelentes está la conjunción de la inteligencia humana que equilibra la fuerza fermentadora de la naturaleza. Este espacio es paradigmático y, a la vez, el centro de gravedad de esta bodega, es como su cerebro. Por eso, y como dejó escrito el propio Miguel Ángel Sáinz, Oinopión es la síntesis de todos los conocimientos de su padre Dionisio respecto de las uvas y del vino, y los del centauro Folos, conocedor profundo del impulso íntimo de la naturaleza, formando un equipo de trabajo sugerente y complementario.
1 comentarios:
bueno, bueno y bueno
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