La pregunta es cómo hemos llegado a esto. Y no me refiero al virus. Asomarse a buena parte de la vida periodística española es hacerlo a un abismo en el que no existe otra regla que la destrucción sistemática de la verdad. El programa de Risto Mejide es heraldo y punta del iceberg de una corrupción intelectual y moral que tiene detrás a grupos mediáticos y empresariales a los que la erosión diaria de la convivencia les importa menos que nada. El periodismo en el que creo es algo sagrado, con la necesidad imperiosa del sentido crítico y la desconfianza en nuestros gobernantes -sean del color que sean-, pero alejado diametralmente de la cenagosa trinchera en la que se ha instalado una nueva generación de usurpadores que hacen de la manipulación interesada y subvencionada su arma cotidiana de destrucción masiva. Se han reído del virus, lo han llevado al estudio, lo han coreado... Este tipo de periodistas -o lo que sea que sean- son la fotografía más nítida del descalabro perfecto al que determinados intereses quieren someter a la profesión más hermosa que existe. Recuerdo ahora la frase de mi maestro Joaquín Vidal. El periodista se debe a los lectores y tiene la obligación de ejercer con honestidad absoluta la libertad de expresión, ha de estar preparado para la tarea, informado sobre la materia que trata, ser veraz y comportarse con modestia. Una vez dicho (y comprobado) lo que tiene que decir, con asunción inequívoca de lo publicado, deja de ser protagonista de nada. Y hasta la próxima.
o Éste es mi último artículo de la serie Mira por dónde, que comencé a publicar en Diario LA RIOJA el 18 de julio de 2008 con 'La mirada de Antonio'

