Carmen Amaya

Por Pablo G. Mancha

Carmen Amaya Amaya nació en Bagur (Barcelona) en 1913, así lo señalan la mayoría de las biografías escritas sobre esta genial artista catalana. Sin embargo, otros autores, como es el caso de Jordi Pujol y Carlos García de Olalla, sostienen que Carmen Amaya nació entre 1918 y 1919 y no en Bagur, sino en Barcelona, en una de las barracas de madera que se situaban en la zona norte del barrio marinero de la Barceloneta, concretamente en Somorrostro, lugar donde vivían un gran número de familias gitanas, de una manera lamentable y sin ninguna clase de infraestructura de carácter social. A pesar de que el mundo entero la conociera por su faceta de bailaora, lo cierto es que también cantaba, y muy bien, por cierto. Era hija de un tocaor flamenco llamado Francisco Amaya, conocido como ‘El Chino’ y Micaela Amaya, una señora que aunque también bailaba, sólo lo hacía para los suyos. Bastante hacía, ya que se había casado a los 14 años y empeñaba todas sus fuerzas en sacar adelante a sus 10 hijos, de los que sólo sobrevivieron seis. Cuentan que la madre de Carmen Amaya era muy buena interpretando zambras y farrucas y que sólo actuó una vez en público, cuando se estrenó en 1911 la comedia ‘Els zincalos’, (los gitanos), de Julio Vallmitjana, un catalán muy respetado por los gitanos por haber narrado con bastante frecuencia sus costumbres. José Amaya ‘El Chino’ por lo visto, era un esquilador de ovejas de origen mallorquín.

Cuenta Ángel Álvarez Caballero que el padre de Carmen Amaya se ganaba la vida a salto de mata por las tabernas, en permanentes madrugadas de vino agrio y vomitonas espesas. Con las pocas monedas que lograba mercar fue sacando adelante a Carmen y a sus cinco hermanos menores: Paco, Leonor, Antonia, Antonio y María. ‘El Chino’ tenía una hermana, Juana Amaya ‘La Faraona’, que era muy popular por su bailes en todos los garitos de la Barceloneta: fue una bailaora de tronío, con belleza y majestad, que hizo que pintores como Julio Moisés, Beltrán Masés y Ricardo Canals la tomaran como modelo para alguna de sus obras. Cuando Carmen sólo tenía cuatro años –apenas una gitanilla negruzca, flacucha y casi escuchimizada– comenzó a salir con su padre por las noches a buscarse la vida por las tabernas. De hecho, aunque cerca de su casa había una escuela, sólo duró dos semanas entre las primeras cuentas y las enseñanzas infantiles. Dicen que en 1924, ya se la podía ver bailando en un merendero sito en la puerta de la Paz, al lado del monumento a Colón, que atendía por el nombre de ‘El Chiringuito’. Mientras ‘El Chino’ tocaba la guitarra, Carmen Amaya cantaba y bailaba. Curiosamente, parece ser que el padre, al principio, pensaba que Carmen tenía mejores condiciones para el cante que para el baile.

La gracia de aquella niña
La gente ya se quedaba ensimismada con la gracia de aquella niña, por la forma en la que expresaba su pasión, una pasión innata que marcaría su vida y su carrera como artista. Pero Carmen, además, vendía billetes de alguna rifa, pasaba el platillo o se agachaba a recoger aquellas míseras, pero primeras ganancias que le propiciaba su arte. En muy poco tiempo, se hizo popular en la Barcelona de los primeros años del siglo XX y son bastante los recuerdos que guardó de aquellos años de dura miseria y de aprendizaje casi callejero. Cuenta la leyenda, que cuando llegaban ‘El Chino’ y su hija a Somorrostro, de madrugada, repartían entre los gitanos el pan y el vino sobrante de las fiestas. Carmen Amaya comentaba que aprendió a bailar mecida por el rumor de las olas de Somorrostro. Aquella gitanilla de presencia breve se hizo conocida en tabernas y similares. Parece que el primer lugar cerrado en el que actuó fue Casa Escaño, sito en la calle de las Euras, donde se reunían los mejores aficionados al flamenco de Barcelona. Parece que el éxito resultó apabullante.

Poco tiempo después, Juana Amaya ‘La Faraona’, y gracias a sus contactos con Julio Vallmitjana, consiguió que el empresario José Sampere (el padre de la actriz Mary Sampere), les diera la oportunidad de salir con la niña al escenario del Teatro Español. Por su corta edad –apenas ocho años– no podía actuar de forma legal, por eso la picaresca y la continua burla de la autoridad fueron compañeros de aquellos primeros lances de Carmen. En una ocasión, subieron al escenario Carmen y su padre. ‘La Faraona’ y el cantaor Paco Cepero se quedaron entre la tramoya para ver aquel menudo prodigio del que la danza brotaba con una naturalidad asombrosa, como si la danza flamenca estuviera grabada, de alguna manera, en su huella genética. En éstas, alguien avisó de la llegada de la policía. Todos gritaron, se armó un revuelo que subió del patio de butacas hasta el escenario.

Sin embargo, Carmen Amaya se escapó a toda velocidad y cuenta la leyenda que se escondió en la gabardina de Cepero. Consiguieron salir a la calle y después, la noche, como eterna alidada, les sirvió para escabullirse y evadir a la policía. Así relató Carmen Amaya la aventura de su debú teatral y el método que utilizó para escabullirse de los guardias: “En aquel espectáculo cantaba también Cepero. Ya había terminado su número y estaba viéndome bailar desde bastidores, con el gabán y el sombrero puestos para marcharse. Cepero era más bien un hombre grandón. Mi padre salió a buscar un taxi y yo me metí entre cajas y Cepero me escondió debajo de su abrigote, sosteniéndome en vilo con una mano disimuladamente”. Poco tiempo después consiguieron la autorización administrativa para poder actuar sin miedo a la aparición de los picoletos, aunque también había muchos envidiosos entre los flamencos de Barcelona, que no podían soportar como aquella chiquilla era la preferida de los públicos y los honorarios que conseguía fuesen mayores que el de ellos mismos.

Sigamos con la voz de la propia Carmen en una entrevista concedida a Leocadio Mejías poco antes de su muerte: “En vista de que yo ganaba más que ellos, se acordó que todos entregásemos el dinero que nos dieran en la caja del establecimiento y que nos lo repartiesen allí de forma equitativa al final de la jornada. Te juro que lo entregaba todo; ellos, te juro que no”.

Primer viaje a Madrid
En 1923 viajó por vez primera a Madrid, para bailar en un local situado en los bajos del Palacio de la Música. Al año siguiente llevó a cabo una gira por diversas ciudades españolas, formando parte de la compañía de Manuel Vallejo. 1929 fue el año de la Exposición Universal de Barcelona. Por aquellos días, Carmen Amaya estaba en el cuadro flamenco del Villa Rosa, colmao del tocaor Miguel Borrull. La actriz Rosita Rodrigo organizó en el Pueblo Español un espectáculo al que bautizó como ‘El patio del farolillo’. Camen formaba parte de un grupo de gitanas de Granada, que actuaba un poco más abajo: “Un día entró allí un señor solitario, de aspecto tan sencillo que nadie se acercó a él. Entonces me ofrecí a bailarle, ya que ninguna quiso hacerlo, oliéndose que, por las apariencias, el señor no debía andar muy fuerte de moneda. Todas se echaron a reír; le gastaron alguna guasa, que el hombre encajó con una sonrisa amable, y, al despedirse no conseguí más que una frase cariñosa, mientras mis compañeras me tomaban el pelo a gusto. Una hora después llegaron al pabellón unos recaderos con un canasto enorme llenito de cosas: jamones, vinos, conservas. Con el regalo venía una carta; en el sobre, el membrete de la familia real. La carta era del Infante don Carlos de Borbón, primo hermano de Su Majestad el Rey de España y dentro de ella, un billete de 500 pesetas. Ya no se rieron. Y a mí, que me tocaba reír, creo que me entraron ganas de llorar, ¡palabra!”, dijo Carmen Amaya. Fue por aquellos años, cuando el nombre de Carmen Amaya salió por primera vez en letras de imprenta.

La culpa la tuvo el crítico del semanario ‘Mirador’, Sebastián Gash: “Imagínense ustedes a una gitanilla de unos catorce años de edad sentada en una silla sobre el tablao. Carmencita permanece impasible y estatuaria, altiva y noble, con indecible nobleza racial, hermética, ausente, inatenta a todo cuanto sucede a su alrededor, solita con su inspiración, en una actitud tremendamente hierática, para permitir que el alma se eleve a regiones inaccesibles. Alma. Alma pura. El sentimiento hecho carne (esta imagen me recuerda a las fotos de los flamencos del genial Pepe Lamarca, pero esta es otra historia) Movimientos en un descoyuntamiento en ángulo recto que alcanza la geometría viva. El tablao vibra del modo más desgarrado y preciso, más brutal que imaginarse pueda…” Tal revuelo organizó Carmen Amaya a calor de la Exposición Universal de Barcelona, que llegó un agente del Palace de París para contratarla. Raquel Meller la incorporó en el cuadro de su revista ‘París-Madrid’. No fue sola, ya que la acompañaron su tía ‘La Faraona’ y su prima María, con las que formó el Trío Amaya. El guitarrista fue Carlos Montoya y Carmen se hizo sus vestidos con las colas de los de Raquel Meller.

Aunque tuvieron un increíble éxito, la fama de las gitanas no le gustó nada a Raquel Meller, que acabó a tortas con ‘La Faraona’. De vuelta a la Ciudad Condal, Carmen y su padre prosiguieron sus actuaciones por bares y colmaos. Uno de los bares más populares era ‘El Manquet’ donde la vio bailar, tal y como relata Ángel Álvarez Caballero, el más metafísico de cuantos bailaores han existido, Vicente Escudero, que dijo de ella: “Esta gitanilla hará una revolución en el baile flamenco, porque es la síntesis de dos grandes estilos fundidos de manera genial: el de la bailaora antigua, de la cintura a la cabeza, con un braceo imponderable y ese raro fulgor de sus ojos; y el estilo trepidante del bailaor en sus variaciones de pies, prodigiosas.

En 1935 fue contratada por Juan Carcellé para actuar el Coliseum de Madrid. Pero en aquella contratación tuvo mucho que ver Agustín Castellón Sabicas: "Nos conocimos en Barcelona cuando los dos aún éramos niños. Yo fui allí a trabajar y la vi bailar un día, ella también era muy joven. Me hice amigo de ella y de su familia. Conocí a Carmen en un restaurante llamado Casa de Manquet. Estaba en el puerto, y todos los marineros solían ir allí. Un cantante me llevó allí, y me dijo: «Ven, verás a alguien bailar», de modo que fui. El ambiente flamenco era muy intenso. Allí estaba Carmen, muy joven. Me quedé completamente asombrado por lo que podía hacer… sus manos, sus pies… se nos metió a todos en el bolsillo . La vi bailar y me pareció algo verdaderamente sobrenatural… nunca había visto a nadie bailar como ella. No sé cómo lo hacía, sencillamente no lo sé". Relata Paco Sevilla en su libro "Queen of the Gypsies”, que el propio Sabicas fue quien animó a ‘El Chino’ a que apostara decididamente por la carrera de su hija: "Mira, Chino, sabes que yo entiendo lo mío de estas cosas. Tu niña realmente tiene algo, algo muy serio, pero entre esta gente que ni entiende ni le importa, no llegará a nada. Tienes que llevarla a Madrid. Allí hay gente que lo sabe todo sobre esto y que sabrán cómo apreciarla". No fue difícil convencer a El Chino, pero, según Sabicas, el padre le dijo: "¡No podemos permitirnos ir hasta allí!". A lo que Sabicas replicó: "No te preocupes por el dinero. Sencillamente ve allí. Podrás contar conmigo. Poco después, El Chino y Carmen dejaron el pequeño piso familiar situado en la Calle Nueva y pusieron rumbo a Madrid. En la capital, les surgieron pequeños contratos que les permitieron sobrevivir e incluso enviar algo de dinero al resto de la familia en Barcelona.

Ambos compartían una habitación en una cochambrosa pensión, y pasaron prácticamente desapercibidos en la gran ciudad. Muchas años después, el hermano de Sabicas, Diego Castellón, describió este periodo en la única entrevista que concedió en su vida. Fue en 1989 y le contó lo siguiente a Meira Goldberg: “Les dije que vinieran al Café Madrid, que era a donde iban todos los artistas, allí en la Puerta del Sol, y que verían a Sabicas cuando regresara por la mañana de su gira con La Niña de la Puebla... Al día siguiente –o quizás aquel mismo día– Sabicas fue a verles y se los trajo a casa. Les invitó a comer y les solventó las necesidades más urgentes... Después, una noche, les llevó a Villa Rosa, la catedral del flamenco, donde iban todos los grandes cantaores, los grandes guitarristas. Allí fueron padre e hija, y se encontraron a todo el mundo metidos en una habitación celebrando una juerga privada. Sabicas dijo: "¡Entre, entre! Y que entre la chica, también!". Y explicó: "Ésta es una chica de Barcelona que baila fenomenal". Aquella noche se ha convertido en legendaria. La versión popular relatada por Salvador Montañés, por error, sitúa la acción en el Café Sevilla (resulta mucho más probable que fuese el Villa Rosa), donde los artistas flamencos se reunían antes de ir a trabajar.

Una tarde, Sabicas apareció en el café, saludó a El Chino dándole una palmada en la espalda y a Carmen con un beso en la mejilla, y se dirigió a los allí reunidos: "Prestad atención, aquí tenéis a una gitanilla catalana que lo hace muy bien y que sabe de bailar todo lo que vosotros quisierais saber". Montañés continúa el relato de este modo: El Peluco oye lo que le dice Sabicas. El Peluco es otro de esos que dice saberlo todo del flamenco. Y es cierto que El Peluco es un cantaor que sabe y siente, que, como él mismo dice: "currela lo suyo en esto del flamenco". Pero es demasiado apasionado, y cuando oye a Sabicas decir aquello suelta una carcajada tremenda y responde: "¿Una catalana? ¡Será un fraude!". Carmen está sentada a la izquierda de Sabicas, y a su lado está El Chino. El comentario de Peluco no le hace ninguna gracia. Se levanta de repente, se enfrenta al cantaor y le dice: "¿Un fraude? ¡Mire esto!" Carmen Amaya, la gitana catalana, rompe a bailar mientras Sabicas y El Chino tararean unos antiguos fraseos de soleares y golpean con las manos sobre el mármol de la mesa. El Peluco abre los ojos completamente asombrado. ¡Carmen está bailando para él! No se oye ni una sola guitarra, sólo hay una audiencia que entiende de estas cosas. Carmen improvisa. De repente, El Peluco se levanta de su silla y, ante el asombro de los demás, se acerca a una pared y empieza a golpear la cabeza contra ella mientras grita salvajemente: "¿Un fraude, un fraude?... ¡Y yo la he llamado un fraude! ¡Eso sí que es bailar, niña!". Carmen, sin detenerse, se acerca a El Peluco, le arrincona, le vuelve loco... Los presentes, sorprendidos, se suben sobre las sillas y las mesas para contemplar el espectáculo que ofrece El Peluco llorando y sangrando por la herida que se ha hecho en la frente al golpear la pared.

La apasionada gitanilla, tan pequeña como es, se ha quitado los zapatos y sigue bailando, echando fuego por los ojos, y todo porque la han llamado "un fraude". Mientras tanto, una voz entona un cante, un cante profundo que habla de pasión, de montañas, del sol y los zarzales. Carmen Amaya, la gitana catalana baila siguiendo el ritmo de ese cante. El Peluco se estremece y sigue cantando. El Peluco canta para Carmen Amaya y Carmen Amaya baila. Pero ahora Carmen ha olvidado que la han llamado un "fraude", ha olvidado a El Peluco, se ha olvidado de todo. Ahora, Carmen Amaya baila para sí misma. La presentación de Carmen Amaya en Madrid fue su auténtica consagración en España. Debutó en el Teatro de la Zarzuela con Concha Piquer, y Miguel de Molina. De esta época data su primera incursión en el mundo del cine: ‘La hija de Juan Simón’, de José Luis Sáenz de Heredia, con Angelillo.

En 1936 rodó ‘María de la O’, de José López Rubio y se situó en la cúspide artística. Pero aquel año fue fatídico para España y el inicio de la Guerra Civil la sorprendió en Valladolid. Una anécdota muy reveladora sobre el punto de la crispación que se vivía en aquellas jornadas es que la trouppe de los Amaya fue confundida con los sospechosos del asesinato del líder falangista Onésimo Redondo. Tras deshacerse el malentendido, actuó en Lisboa en el Café Arcadia, hasta que el Teatro Maravillas de Buenos Aires le ofreció un contrato por seis meses. Allí debutó con los guitarristas Ramón Montoya y Sabicas.

De tal consideración fue el éxito que logró, que cuentan las crónicas que el segundo día de actuación era tal el gentío que tuvieron que intervenir las fuerzas de orden público para mantener el orden en las taquillas. Los seis meses de contrato se convirtieron en doce y después, aún tuvo tiempo para realizar una gira por diversas ciudades de aquel país. De todas formas, conviene reflexionar en el hecho de que Carmen Amaya decidió irse a América por un contrato de seis meses y que sin embargo, los éxitos le hicieron quedarse en aquel continente por un periodo de once años. Carmen Amaya empezó a ganar mucho dinero, tanto es así que en Río de Janeiro, en el célebre night-club Copacabana cobraba unos 14.000 dólares por semana. Recorrió todos los países de Hispanoamérica y de estos años datan las películas grabadas junto a Miguel de Molina y la incorporación de varios miembros de su familia a la compañía. Un empresario llamado Sol Hukor decidió contratarla por ocho años para actuar por tierras de los Estados Unidos de Norteamérica.

A principios de 1941 se presentó en Nueva York, en el cabaret Beach Comber, para pasar, poco tiempo después al Carnegie Hall, acompañada por Sabicas y Antonio de Triana. En el Radio City llegó a dar nueve representaciones diarias. Fue tal la dimensión del éxito que alcanzó Carmen Amaya en los Estados Unidos, que el propio presidente Franklin Delano Roosevelt la invitó a una velada en la Casa Blanca. El máximo madatario norteamericano le regaló una chaquetilla bolera con incrustaciones de brillantes. Así relató la propia Carmen Amaya en una entrevista aquel momento: “Roosevelt estaba en su cochecito de inválido, cai pegado al escenario. Yo lo miraba a la cara, en la que iba reflejándose el entusiasmo que le producían mis bailes. Al terminar la danza, él abrió sus bailes hacia a mí, y yo, obedeciendo a no sé qué impulso de tremenda simpatía, pegué un salto desde el escenario y fui a caer a su lado, sentándome sobre sus rodillas. Nos abrazamos con emoción. Creo que se me saltaron las lágrimas”.

La revista ‘Life’ –la más importante de aquella época– sacó a la gitanita catalana en su portada. En el verano de 1942 obtuvo otro gran éxito en el Alvin Theatre de Broadway, con la revista “Laugh, Town, Laugh!”. Unos meses más tarde, cuando era reconocida como una de las principales atracciones de Hollywood con sus ‘Gipsy Dancers’, llevó adelante un versión propia del Amor Brujo en un escenario en la que la vieron en directo más de 20.000 personas. Ángel Álvarez caballero señala que durante esos años americanos, la bailaora mantuvo un largo romance con Sabicas, que el propio Agustín Castellón reconoció poco antes de morir. En los Estados Unidos, Carmen Amaya se codeó con las principales figuras de la farándula como Orson Welles, Greta Garbo, Dolores del Río, María Montez, Edward G. Robinson o Toscanini, que le confesó a la bailaora que no había visto en su vida a ninguna artista con más ritmo y más fuego que ella.

Tras rodar varias películas como ‘El sombrero de Panamá’, ‘Sigan al chico’, ‘Piernas de plata’, ‘Carmen Amaya y sus muchahcos’ –entre otras–, realizar varias giras más por Estado Unidos y Méjico, volvió a Buenos Aires, donde murió su padre en 1946. Después de terminar la II Guerra Mundial, volvió a Europa. Se presentó en el Teatro de los Campos Elíseos y tras actuar en lugares tan lejanos como Sudáfrica y Oriente Medio, llegó el momento de regresar a España. El 18 de diciembre se presentó en el Teatro Tívoli de Barcelona con la obra ‘Embrujo Español’ y con ua compañía de 40 gitanos de su familia y parientes más o menos cercanos; logró un gran éxito. Al año siguiente logró un prodigioso triunfo en el Princes Theatre de Londres. Allí conoció a la Reina de Inglaterra. Tanta repercusión tuvo su éxito, que la prensa británica sacó una foto de la monarca inglesa junto a Carmen Amaya con el siguiente pie de foto: ‘Dos reinas frente a frente’. En el año 1951 se casó con Juan Antonio Agüero, un guitarrista de su compañía de origen santanderino.

La boda se celebró, casi en la intimidad, en la Iglesia de Santa Mónica, de Barcelona, en las Ramblas y a las siete de la mañana. Después de la ceremonia, la pareja y los invitados se fueron a celebrarlo a una taberna de la calle Escudillers. Aquella misma noche y las siguientes, realizó sus actuaciones como si nada hubiera pasado. En octubre de 1955, Carmen Amaya volvió de nuevo a Nueva York tras doce años lejos de los rascacielos y de los teatros que tantas veces le habían visto triunfar. El viaje estaba diseñado para realizar cuatro actuaciones en el Carnegie Hall. John Martín describió en The New York Times de esta manera la nueva forma de bailar de Carmen Amaya: “La nueva Amaya es abrumadora. Todas las tempestuosas virtudes de antes se encuentran todavía allí; pero las ha simplificado, dirigido, difundido, suavizado.

Desde el momento de su primera aparición, se siente que tiene conciencia de sus cualidades únicas y que está creando para nosotros un bello retrato de sí misma… Ha despertado a la realidad de que es una gran señora y no muestra la belleza real de la esencia de su arte. Sus cinco danzas llevan años en su repertorio, pero lo que antes eran tan sólo vehículos, ahora son obras de arte. Aquel torbellino gitano, sin mucha forma ni disciplina, es ahora una artista.” Pilar López, curiosamente, le confesó esto a Ángel Álvarez Caballero: “Para mí era una mujer a la que no se la podía definir. Era muy extraño, por lo menos éste es mi concepto. Un baile excepcional ¿no? Sus alegrías yo las encontraba tan femeninas como la que más. Era una cosa extraña verla con ese pantaloncito, el chaleco que se ponía, su camisita, esa cabecita tan divina, como una naranjita negra, preciosa de forma, con un pelo tan negro, azabachado…. Yo si hubiera sido hombre me hubiera enamorado de ella. Pero lo que tenía esta mujer era excepcional

© Pablo García-Mancha
Pablo G. Mancha (Logroño, 1968) es periodista y escritor. Trabaja para diversos medios de comunicación.