sábado, 11 de mayo de 2013

LOS OJOS ATÓNITOS DE ALFREDO LANDA

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Ésta es la crónica que publiqué el viernes en Diario La Rioja sobre la primera corrida de San Isidro, día que coincidió con la desaparición de Alfredo Landa

Diego Urdiales se topa otra vez en Madrid ante dos toros imposibles en una corrida crepuscular

MADRID. Cuando el segundo toro de Diego Urdiales echó la persiana en el tercer muletazo de la faena me acordé de los ojos atónitos de Germán Areta en El Crack, aquella extraordinaria película negra de José Luis Garci en la que Alfredo Landa acabó con el landismo y se reveló como un actor de género memorable. Germán Areta era un tipo descreído, lacónico; un detective esencial y minado por el desencanto. Garci trabó un guión repleto de incontinencias; marcado por nuestros demonios interiores y también por esos miedos a veces fascinantes que nos retratan a casi todos con una rara perfección pero con sutil perspicacia. Germán Areta se mostraba inflexible con aquellos rateros abusones con los que topó en un mugriento bar de carretera en el que sonaba a lo lejos una radio con José María García. «Devuélveme el mechero o te quemo los huevos», les espetó con su mortecina voz sin pronunciar ni una palabra más sonora que otra. Pero a Areta también se le ponía cara de pánfilo con aquella hija suya que voló al final por los aires en un atentado salvaje obra de unos gánsters recónditos con las solapas de sus trajes tan descomunales como la negra obviedad de lo que supone una corrida de toros en Madrid. Pasaportes para la nada es lo que entregan en Las Ventas adosados a estos bureles nacidos en el crepúsculo de la ganaderías. Los ojos atónitos de Urdiales eran clavados a los de Germán Areta cuando le traicionó el Moro (Miguel Rellán), aquel raterillo simpático y flacucho que le hacía las operaciones en los bajos fondos y las pesquisas de puticlub de aquel Madrid de los ochenta. Bien mirada, la metrópoli actual no se parece un comino a la que retrató Garci en su melancólico film. Aquella despertaba a la realidad de un mundo que se le venía encima, en ésta hasta los bordillos parecen pesados y se hunden en una mediocridad que ha alcanzado definitivamente a ese santuario del toreo que es el templo venteño. A mí me parece desvencijado en su alma, sin criterio, repleto de gente de paso que no distingue un toro de un caballo y que en la mayoría de los casos desconoce hasta el nombre de los toreros. Los ojos atónitos de Urdiales son la mejor expresión de lo que supone intentar ser como se ha de ser y convertirse en algo tan frío como un ejercicio de estilo. No pudo ni mancharse el vestido, ni estirarse, ni ensayar un mero atisbo de verónica. Quizás Germán Areta supiera antes que el mismísimo guionista de El Crack que el Moro había nacido para traicionarle; y a estas alturas mascullo que el propio Urdiales sabía que los toros de Madrid son en realidad una traición al toreo. ¿Atónita la mirada? No lo sé, aunque sí absolutamente descreída, rayana en la desesperación, absorbida por la mole de un coso gigantesco en el que a pesar de su insolente magnitud, el viento se cuela por no se sabe dónde para convertir el ruedo en un espacio imposible para el toreo. Germán Areta se afeitaba en una peluquería que estaba en un frontón y con un peluquero que le hablaba de míticas hazañas de Rocky Marciano en el Madison Square Garden. Obviamente, el tipo nunca había estado en Nueva York pero se pavoneaba de conocer los rincones de la Gran Manzana y sus garitos como si hubiera celebrado mano a mano con Marciano sus pírricas victorias en noches de whisky, humo y Duke Ellintong. Me imagino que Urdiales habrá escuchado los mismos relatos (no sé si de su peluquero) de hazañas increíbles de toreros como Andrés Vázquez, Ostos, El Viti y tantos otros que ahora mismo caerían rendidos ante la realidad del toro actual, de la fiesta actual y de este Madrid imposible donde casi todo está alejado del toreo, en contra del toro, enfrentado como nunca con el arte. Y el toreo, además de un negocio, conviene recordar que es un hecho artístico. O arte o nada, digo yo. Alfredo Landa murió ayer y un poco de mi afición a los toros también se va poco a poco desvaneciendo con este ritual desconsolador de las corridas previsibles de Madrid. No sé lo que pensará Diego, pero no pienso decir yo mucho más de lo que hizo en el ruedo porque apenas pudo hacer otra cosa que jugársela, como Germán Areta ante la vida hosca, ante el viento traicionero de los amigos que fallan, ante el impresionante rumor del silencio abstraído de un Madrid liofilizado, de una afición que acude en masa pero que no es tal cosa. Landa murió ayer y yo me acordé del indomable Germán Areta cuando veía a Diego bregar ante lo imposible a sabiendas de que con cada muletazo hueco se iba una victoria. El cine acabó por poner a Alfredo Landa en el sitio que se merecía porque fue capaz de matar a un recluta con niño y aquel viejo verde cazurro y rufián para que emergiera un actor indomable. Mi última confianza reside en que Diego también mate los precipicios que le rodean porque para matar los toros se basta él solito -como hizo ayer-. Es más, para matarlos y antes habernos deleitado con su toreo, como le fue imposible hacer en su primera comparecencia en una feria que no ha hecho nada más que empezar y que parece marcada desde el minuto uno por el fracaso. Descansa en paz, Alfredo, estés donde estés.

FERIA DE SAN ISIDRO  Toros de La Dehesilla y José Luis Pereda (encaste Núñez) bien presentados, mansos, descastados y muy parados. El mejor fue un chorreado que se lidió en quinto lugar y que desbordó sin matices a Leandro. El lote de Diego fue desesperante: plano y simple el incierto primero y desconectado de cualquier atisbo de bravura el cuarto. Diego Urdiales: silencio tras aviso en ambos. Leandro: silencio con aviso y silencio. Morenito de Aranda: silencio y silencio. Plaza de toros de Las Ventas. Primera corrida de la Feria de San Isidro. Más de tres cuartos de entrada en una tarde templada y muy ventosa.

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