miércoles, 17 de agosto de 2011

Y FUE EN ALFARO

Me resulta una tarea casi titánica explicar lo que sentí ayer viendo a Diego Urdiales hacer el toreo total y absoluto en Alfaro (tenía que ser en Alfaro) con un encastadísimo toro de Fernando Peña, un toro bravo sin ambages, un animal precioso, berrendo, bien puesto de pitones con el que el torero riojano se abandonó en una obra histórica por la rotundidad de su composición; de principio a fin, sin una fisura, sin nada de lo que arrepentirse. Decía que tenía que ser en Alfaro porque aquí se ha sentido torero siempre, en la plaza, en la calle, con sus amigos, con ese grupo de seguidores incondicionales que están siempre, a las duras y a las maduras, cuando era de noche y también en esta amanecida espléndida que comenzó hace tres días en San Sebastián y que remató ayer con una faena sencillamente inconmensurable en la que rayó la perfección desde el principio a la verónica, después por chicuelinas con una media paulista en la que se rompió por dentro al vaciarse con el toro y al final con la muleta, explicando exactamente en qué consiste el toreo puro, el que duele, el que llega al corazón, el que buscamos de plaza en plaza los aficionados y alguna rara tarde, como la de ayer, nos lo encontramos a bocajarro, y no se puede explicar. El toro fue un ejemplar extraordinario, apretó en el caballo con la cara por arriba pero tuvo algo decisivo: codicia, voluntad de pelear y embestir de verdad durante toda la faena. Y no fue fácil, en otras manos menos doctas que las de Diego Urdiales se hubiera podido subir a las barbas por que era esencial para cuajarlo algo tan importante como el mando. Por eso la faena tuvo tanta intensidad, porque le bajó la mano por derecho y el toro, lejos de amilanarse, se vino arriba agradeciendo al torero sus muletazos con un alboroto de embestidas tan edificante como embriagador. Hubo momentos que en Diego Urdiales empezó a surgir un aroma a Rafael de Paula en sus embroques infinitos, en la composición, en la compostura, en el compás, en el toreo mismo. Y se le veía tan emocionado que cuando por los tendidos se empezó a solicitar en indulto y mientras el presidente valoraba las opciones, Diego siguió toreando al natural, ahora con los pies juntos, con pases de pecho de pitón a rabo, con adornos bellísimos dictados al ralentí de un corazón que se siente torero por encima de cualquier circunstancia. Y el presidente dictó el indulto y la plaza vivió la gran conmoción. Y fue en Alfaro, la ciudad donde Diego Urdiales realizó una obra memorable.

o Este artículo lo he publicado hoy en Diario La Rioja; la foto es de Justo Rodríguez.

1 comentario:

Gastón Ramírez dijo...

¡Enhorabuena! Diego Urdiales merecía ya un poco de suerte. Creo que en todo lo que va de la temporada no he visto o leído acerca de un toro de verdad bravo. O a lo mejor sí, pero ese o esos bichos encastados en bravo no han tenido la suerte de toparse con un coleta que posea el oficio, el arte y la voluntad para hacerle una faena como la que describes.
Sobre todo la voluntad (que antes también se llamaba hambre), pues uno sabe que muchos diestros de primera línea podrían protagonizar hazañas parecidas, pero ninguno se toma la molestia. Y ni hablar de la ganadería, uno de esos hierros que no vas a ver jamás en las -por lo general- aburridísimas y repetitivas corridas de "tronío" en Sevilla, por ejemplo.

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