martes, 1 de junio de 2010

FIASCO ABSOLUTO (Enésima crónica del hundimiento de la plaza de Las Ventas de Madrid)

Foto: www.mundotoro.com
Resulta más que complicado definir la corrida de ayer en Las Ventas, un festejo auténticamente pestoso y brutalmente pesado que se desplomó como una losa de granito sobre el ruedo de Madrid y sobre las ilusiones de Diego Urdiales y sus dos compañeros de terna: Rubén Pinar y el joven Miguel Tendero. El torero riojano consumió ayer su último cartucho en Madrid con la esperanza puesta en el buen juego que las corridas de este encaste (Atanasio) habían dado en las funciones precedentes, básicamente el hierro del Puerto de San Lorenzo, ganadería hermana y una de las triunfadoras de este desolador ciclo. Sabía Urdiales, mejor que nadie, que su tercera comparecencia en Madrid era vital para el devenir de su temporada y sobre todo, para cerrar contratos que tenía casi en la mano y abrir esas puertas que hasta el momento se le han negado. Lo sabía y salió con una disposición impecable, con esa torería con la que adorna su caminar por el ruedo y con toda la ciencia y el valor que atesora dispuestas para dar el tan ansiado golpe de mano que busca desde hace tiempo. Pero no pudo ser, los toros de Valdefresno se comportaron como paredes inexcusables y todas las ilusiones se fueron pronto por el sumidero del descastamieto y las amorfas embestidas de dos animales deslucidos, mansos y terriblemente descastados. El primero, con el que dio una lección de temple, colocación y distancias, se desfondó casi en la primera tanda, a pesar de que Urdiales no consintió nunca que le tocara las telas. Toreó suavemente en redondo y logró en las primeras series -una vez más- los mejores muletazos de la tarde. El embroque del torero riojano fue perfecto de colocación y armonía. Pero aquello duro un suspiro y cuando se echó la muleta a la izquierda para ensayar el natural, el bicho apenas era una sombra, una negra y negada fotocopia de lo que se espera que ha de ser un toro bravo. El cuarto de la tarde era bellísimo y tenía menos consistencia en sus extremidades que un papelillo de funar. Apenas lo picaron. En el primer puyazo se durmió en el peto y el segundo encuentro no fue más que pura demagogia. Un picotazillo leve que hizo dudar al presidente si cambiar el tercio o no. Urdiales movió el dedo mirando a un alguacilillo y el ussía accedió a regañadientes. Sin embargo, en banderillas, concretamente en el tercer par, puso el toro su proa mirando a los terrenos de chiqueros y de allí no hubo nadie capaz de sonsacarlo. Comenzó Diego la faena en aquellos terrenos inauditos pero el toreo con aquel marrajo era pura entelequia. Lo intentó sujetar una y otra vez, pero el animal, tozudo y desengañado, se iba con viento fresco de cada muletazo. La plaza se levantó contra este carrusel de toros imposibles y el riojano, como un convidado de piedra, se quitó el animal de su camino con un rictus impreciso de melancolía. A partir de este momento, la temporada del matador de toros riojano se basará en sus habituales citas del norte, en ese Bilbao donde ha dejando tardes para la memoria y, posiblemente, en varias plazas en las que todavía no ha debutado. Pero Madrid era vital en el planteamiento de su carrera este año y no ha tenido la más mínima oportunidad de demostrar el momento tan dulce por el que atraviesa. El resto de la corrida tuvo poca historia: toros absolutamente descafeinados y dos jóvenes coletudos, que como el caso del riojano, habían fiado buena parte de sus esperanzas en esta corrida. Pinar tuvo un primer astado gazapón y deslucidísimo y otro un poco más manejable con el que no encontró el acoplamiento. Sin embargo, Miguel Tendero dispuso de alguna opción más: el tercero se movió sin malas intenciones y no le cogió nunca el ritmo, la altura y la distancia que demandaba; y el sexto, el más manejable de la corrida, lo desarboló en varias ocasiones. Por si todo esto fuera poco, dio un mitin con la espada. Por cierto, la corrida se vivió a partir del tercero con un ambiente de total desasosiego en los tendidos: broncas entre aficionados, pancartas exigiendo un cambio en el gobierno de la plaza y ese desencanto que sume cada día más al primer coso del mundo en una especie de manicomio táurico donde resulta casi imposible que embista un toro y que un coletudo ligue cuatro muletazos.

o Esta crónica la he publicado hoy en Diario La Rioja.

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