miércoles 18 de noviembre de 2009

Tocando el Palco Real, de Carlo Crosta; primer premio de relatos taurinos de Las Ventas

En el hotel Ramón de la Cruz, número 94 de la homónima calle madrileña, era bastante difícil seguir durmiendo después de las ocho de la mañana. Las cuadrillas solían entrenar en los pasillos. Chistes, risotadas y jaleo. Perfumes taurinos deslizándose como un río en su cauce. Los corredores transformados en un gimnasio.

Ni el Reina Victoria ni el Wellington consiguieron jamás alcanzar aquel ambiente taurino tan extraordinario. Medio dormido, me encontré con el chándal azul de “El Ecijano”.

- Ciao, Guillermo, tuve la lucidez de decirle.
- Hola, ¿que tal por Italia, él sólo podía acordarse de mi cara e itálica procedencia.

Nuestras relaciones se limitaban a alguna que otra cerveza tomada juntos, mientras mi parné se iba volando en billetes de avión y papel. Pero aquel día, gracias a la fortuna de los “timidos”, no fue necesario gastar ni un duro para ir a los toros. Tenía una cita importante. Puerta del Patio de Caballos Las Ventas, vacía. Sólo el murmullo del silencio. ¡Qué extraño encanto tenia “La Scala” del toreo!

El entonces presidente de las actividades taurinas de la Comunidad de Madrid me había citado en su despacho. Nada de sobres con entradas de pago en taquilla. Me puso en las manos unas tarjetas mágicas. Con ellas me fui a saludar al ganadero de “los Sepúvedas de Yeltes”, en el apartado. ¡Qué lujo! Y por la tarde nos sentamos en el Palco del Ayuntamiento, al lado del Palco Real. "Mi Chema” estuvo regular. “Espartaco” y “El Boni” cortaron una oreja cada uno. Nunca jamás se me olvidará aquella tarde en Las Ventas. ¿Cuántos paisanos míos habrán estado en aquel palco?

El día siguiente volamos, mi hijo y yo, a la Ciudad Condal para presenciar la final de La Champions. Mi hijo, que no es taurino sino forofo de los rojinegros, perdió la entrada al Nou Camp, pero guarda todavía en un pequeño marco la tarjeta mágica y la foto que dan fe de nuestra presencia en aquel palco. Tocando el Palco Real.

o Publicado el 7 de mayo de 2009 y Primer premio de relatos Taurodelta de esta temporada.

o Carlo Crosta, nacido en Milán en 1940, es presidente de la peña taurina Los Italianos desde su fundación en 1987. Es publicitario y ha colaborado en publicaciones como Toros 16, Navarra Hoy, Diario de Noticias y la revista del Club Taurino de Pamplona, además de ser comentarista en programas de Onda Cero. Yo tuve la suerte de coincidir durante cuatro años con él en Pamplona junto a Carlos Polite y es un tipo sencillamente extraordinario.

3 comentarios:

Mariano dijo...

Carlo es un aficionado de una pieza, y además muy sincero con todo lo que piensa.
Pena que Milán no sea un sitio "sivilizado" y no tenga plaza de toros.

Javier dijo...

Sí, sí, pero el relato…
¿ésto es un relato?

Pablo G. Mancha dijo...

Qué es un relato Javier. A mí me gusta, no digo que sea mejor o peor que el que ha quedado segundo; allá los jurados con sus fallos. Carlo es un tipo maravilloso más allá del premio o no premio. Él, con que se lo publicaras, era feliz.

Un saludo

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Un paseo por Bodegas Ontañón

Sumergirse en Bodegas Ontañón es penetrar en un espacio donde el mundo del vino se da la mano con el arte en una sucesión de sensaciones que tienen que ver tanto con la sensibilidad del fallecido artista Miguel Ángel Sáinz (Riojano Ilustre, 2004), como con su feliz encuentro con Gabriel Pérez, propietario de la bodega y un pionero en la idea de unir vino y arte de una forma tan especial que se consigue fusionar radicalmente las obras de este escultor/pintor/diseñador y arquitecto en un espacio sagrado –la bodega– donde descansa el vino a la vera de seres mitológicos e imaginarios. Porque Miguel Ángel Sáinz no se planteó el diseño estructural de la bodega como una mera galería donde colgar o instalar su obras. Más bien se puede decir todo lo contrario, ya que desde que se entra y sin olvidar la escultura de Ganímedes –el copero de Zeus– que preside la fachada principal del edificio, la sensación en el visitante es sobrecogedora. Ontañón abre sus dos ciclópeas puertas –con barricas grabadas en una especie de bronce verdoso y envejecido que apenas matiza la presencia del ánfora sagrada– y se abandona de súbito la dudosa claridad del día para penetrar en un templo con imágenes matizadas por una luz que perezosamente logra colarse, aunque mitigada, por la textura de las vidrieras del introito. Allí, en medio del silencio, existe una mesa pétrea que apenas se adivina en la penumbra pero que sabe de la condición humana como pocas cosas en este mundo: todos la acarician cuando la conocen y eso invita a pensar que quizás el hombre no sea tan lobo para el hombre como parece al leer cada día los periódicos o al asomarse a la televisión, dicho sea de paso y a pesar de Hobbes. Ontañón es también un laberinto al que interpela un pasillo con las estaciones del Vía Crucis donde descansan miles de botellas en las que se reflejan en un juego de milimétricas aliteraciones decenas de destellos en sus lomos. Además, se pegan a un suelo marrón que se sabe que nos acompaña por la propia ley de la gravedad, pero que pasa desapercibido. Y como apariciones mágicas e inesperadas, de la obra de Miguel Ángel Sáinz se replica de nuevo su ingenio para brotar una tras otra sus esculturas. Dos son las salas en las que óleos y carboncillos se miran a los ojos. Pero en la nave de barricas, donde maceran los caldos, hay un sitio reservado para Oinopión, hijo de Dionisio y Ariadna, criador de vino por excelencia y rey en la isla de Quios, de donde procedían los mejores caldos de la antigua Grecia, singularmente el llamado Prennios. En la bodega está representado trasegando unas ánforas de vino a lomos de un centauro, que por lo común eran criaturas montaraces, violentas y encabronadas, lascivas y amantes de beber el vino con exceso. Aunque hubo unos pocos que destacaron por su inteligencia y generosidad. El centauro Folos, representado en la escultura, fue mentor de Dionisio. Dos causas le encaminaron al sueño eterno, la primera: ser generoso en compartir el vino de los centauros para homenajear a Hércules. Y después, por su curiosidad científica, al querer indagar el poder de las flechas envenenadas de Hércules; una de ellas le rozó, causándole la muerte. El centauro, por combinar en su ser mitológico el genio humano con los instintos primarios del genio animal, es símbolo del enriquecimiento del hombre por el conocimiento y control de los instintos más poderosos de la naturaleza. En la elaboración de los vinos más excelentes está la conjunción de la inteligencia humana que equilibra la fuerza fermentadora de la naturaleza. Este espacio es paradigmático y, a la vez, el centro de gravedad de esta bodega, es como su cerebro. Por eso, y como dejó escrito el propio Miguel Ángel Sáinz, Oinopión es la síntesis de todos los conocimientos de su padre Dionisio respecto de las uvas y del vino, y los del centauro Folos, conocedor profundo del impulso íntimo de la naturaleza, formando un equipo de trabajo sugerente y complementario.