jueves 5 de noviembre de 2009
Enrique Morente presenta su nuevo disco 'Nanas de Oriente'
Las nuevas bulerías de Enrique Morente se llaman 'Nanas de Oriente'. Las canta en un estudio de grabación en Madrid, donde hemos escuchado con él por primera vez las mezclas del que será su proximo disco. Se publicará a finales del mes de Noviembre. (29/10/09).
Enrique Morente (Granada, 1942) siempre anda cargado con ocho o nueve proyectos musicales a la vez. «No para», dice su mujer, Aurora, que intenta captar la atención del maestro del flamenco, inmerso en plena sesión de grabación en el estudio de su casa granadina. A final de noviembre el cantaor presentará disco, 'Morente flamenco', una recopilación de directos que incluye un tema de estudio, 'Nanas de Oriente'. Aún así, el músico no se concede un respiro artístico y cuenta que al día siguiente actúa en Málaga y días después en Barcelona. Su próximo álbum recoge diversos momentos de su carrera, desde 1992 en Cádiz hasta el festival La Mar de Músicas, en Cartagena, donde en 2008 el cantaor, junto con la banda granadina Lagartija Nick, rescató su indispensable trabajo 'Omega'.
«Hacemos juntos unos cuantos toques, como una soleá polar, la soleá del Pilarico, una taranta y unos fandangos, entre otros. Cada uno se produjo en distintos momentos, por ejemplo, en una actuación del Auditorio Manuel de Falla, en 1994, y en el Palacio de Carlos V, en el marco del Hay Festival 2008, que no veas el frío que hizo aquel día en la Alhambra. Pero, al final, éste es un disco completo, caliente, nada de estudio», narra el guitarrista Pepe Habichuela, que juega un papel fundamental en el acompañamiento musical de este nuevo proyecto, en el que también han participado el maestro Juan Habichuela, el sevillano Rafael Riqueni y el madrileño David Cerreduela. Para la novedad, 'Nanas de Oriente', se inspiró el maestro Enrique en los telediarios (las guerras, las madres con los niños,...). «Eso, en realidad, nos ataca a todos». La violencia no para, no tiene fin, denuncia el granadino, impresionado sin remedio por los informativos televisivos, como ya dejó patente en su último trabajo, 'Pablo de Málaga' (2008), que se abría con el tema 'Guerni-Irak', crudo y extraño con una batería que deja pasar al flamenco y acaba estallando en un quejío de dolor y llanto multitudinario de voces que sufren con el sonido de los bombardeos. La soleá del Pilarico, que aparecerá en 'Morente flamenco' interpretada por Pepe Habichuela, se ha convertido en un clásico del repertorio del cantaor, que la incluyó en 2005 en el deuvedé 'Morente sueña la Alhambra', pero tocada por el almeriense Tomatito. «Todos los que hemos acompañado a Enrique a lo largo de su carrera sentimos la ilusión y el gozo de tocar junto a un maestro», apostilla Pepe Habichuela. Ángeles Peñalver l Ideal de Granada
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Un paseo por Bodegas Ontañón
Sumergirse en Bodegas Ontañón es penetrar en un espacio donde el mundo del vino se da la mano con el arte en una sucesión de sensaciones que tienen que ver tanto con la sensibilidad del fallecido artista Miguel Ángel Sáinz (Riojano Ilustre, 2004), como con su feliz encuentro con Gabriel Pérez, propietario de la bodega y un pionero en la idea de unir vino y arte de una forma tan especial que se consigue fusionar radicalmente las obras de este escultor/pintor/diseñador y arquitecto en un espacio sagrado –la bodega– donde descansa el vino a la vera de seres mitológicos e imaginarios. Porque Miguel Ángel Sáinz no se planteó el diseño estructural de la bodega como una mera galería donde colgar o instalar su obras. Más bien se puede decir todo lo contrario, ya que desde que se entra y sin olvidar la escultura de Ganímedes –el copero de Zeus– que preside la fachada principal del edificio, la sensación en el visitante es sobrecogedora. Ontañón abre sus dos ciclópeas puertas –con barricas grabadas en una especie de bronce verdoso y envejecido que apenas matiza la presencia del ánfora sagrada– y se abandona de súbito la dudosa claridad del día para penetrar en un templo con imágenes matizadas por una luz que perezosamente logra colarse, aunque mitigada, por la textura de las vidrieras del introito. Allí, en medio del silencio, existe una mesa pétrea que apenas se adivina en la penumbra pero que sabe de la condición humana como pocas cosas en este mundo: todos la acarician cuando la conocen y eso invita a pensar que quizás el hombre no sea tan lobo para el hombre como parece al leer cada día los periódicos o al asomarse a la televisión, dicho sea de paso y a pesar de Hobbes. Ontañón es también un laberinto al que interpela un pasillo con las estaciones del Vía Crucis donde descansan miles de botellas en las que se reflejan en un juego de milimétricas aliteraciones decenas de destellos en sus lomos. Además, se pegan a un suelo marrón que se sabe que nos acompaña por la propia ley de la gravedad, pero que pasa desapercibido. Y como apariciones mágicas e inesperadas, de la obra de Miguel Ángel Sáinz se replica de nuevo su ingenio para brotar una tras otra sus esculturas. Dos son las salas en las que óleos y carboncillos se miran a los ojos. Pero en la nave de barricas, donde maceran los caldos, hay un sitio reservado para Oinopión, hijo de Dionisio y Ariadna, criador de vino por excelencia y rey en la isla de Quios, de donde procedían los mejores caldos de la antigua Grecia, singularmente el llamado Prennios. En la bodega está representado trasegando unas ánforas de vino a lomos de un centauro, que por lo común eran criaturas montaraces, violentas y encabronadas, lascivas y amantes de beber el vino con exceso. Aunque hubo unos pocos que destacaron por su inteligencia y generosidad. El centauro Folos, representado en la escultura, fue mentor de Dionisio. Dos causas le encaminaron al sueño eterno, la primera: ser generoso en compartir el vino de los centauros para homenajear a Hércules. Y después, por su curiosidad científica, al querer indagar el poder de las flechas envenenadas de Hércules; una de ellas le rozó, causándole la muerte. El centauro, por combinar en su ser mitológico el genio humano con los instintos primarios del genio animal, es símbolo del enriquecimiento del hombre por el conocimiento y control de los instintos más poderosos de la naturaleza. En la elaboración de los vinos más excelentes está la conjunción de la inteligencia humana que equilibra la fuerza fermentadora de la naturaleza. Este espacio es paradigmático y, a la vez, el centro de gravedad de esta bodega, es como su cerebro. Por eso, y como dejó escrito el propio Miguel Ángel Sáinz, Oinopión es la síntesis de todos los conocimientos de su padre Dionisio respecto de las uvas y del vino, y los del centauro Folos, conocedor profundo del impulso íntimo de la naturaleza, formando un equipo de trabajo sugerente y complementario.

























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