lunes 30 de noviembre de 2009

Aquel teólogo del 0,7%

Cuatro huelgas de hambre a favor del 0,7% en los años 90 (alguna de ellas de casi un mes de duración) han terminado por minar para siempre la vista de Juan Luis Herrero del Pozo (Logroño, 1934), doctor en Teología, escritor, ex-secretario de organización provincial en el PSOE de La Rioja y candidato al Congreso en las primeras elecciones tras la muerte de Franco. Cuatro ayunos voluntarios, terribles y durísimos para exigir que una miga de pan de la gigantesca hogaza de los países ricos se depositara donde «apenas tienen nada». Han pasado los años, y aquel ardor guerrero no ha disminuido ni un ápice en un hombre que se sigue definiendo de izquierdas –«a la izquierda la adelanto por la izquierda»–, muy crítico y radical en el «sentido etimológico» de la palabra.

Juan Luis Herrero se doctoró en Teología en Roma y ejerció como sacerdote y profesor del Instituto Misionero en diversos países de Europa y África entre 1960 y 1972, año en el que se secularizó. Pasó primero por la política y después por el activismo social, lo que le llevó a convertirse en uno de los fundadores de la Plataforma del 0’7% y participar activamente en cuatro huelgas de hambre que le provocaron diferentes secuelas en su salud. Pero su trayectoria vital no puede entenderse sin contar con su fecunda obra literaria y su más que prolija colección de artículos, ensayos y reflexiones: «¿Por qué no te pronuncias, Felipe? ¿Como presidente? ¿Como secretario general del PSOE? Tú sabrás. Como mejor sea para la causa del 0,7% del PIB. Hace diez meses calificabas nuestra huelga de hambre, que decías seguir con inquietud, de aldabonazo a nuestra sociedad y afirmabas que la prioridad de los pueblos empobrecidos era poco discutible», inquirió el profesor logroñés al entonces presidente del Gobierno Felipe González en un alegato público. «Ahora soy mayor y cuanto más viejo me he ido haciendo más me afecta la injusticia; vivimos en un mundo de ricos que necesitan a los pobres para tenerlo todo y albergo la terrible sensación de que la mayor parte de la sociedad vive tan contenta en su opulencia que ese número de seres humanos que está desterrado de todo le trae completamente sin cuidado; hemos cosificado a los pobres; nos importan un pimiento».

Y es que Herrero ha conocido la peor cara del hombre, la de la miseria más explícita. «Existe una parábola de Gandhi al ver un escaparate repleto de cosas en la que expresó lo feliz que se sentía porque podía vivir sin necesidad de ninguna de ellas. La gran mentira del capitalismo se basa en querer tener siempre más; nunca terminamos de saciarnos y el ser humano actual vive constantemente insatisfecho», relata sentado en un sofá de su casa hábilmente orientado hacia la luz que le permite atisbar formas y colores. «No veo, pero escucho, hablo, siento y por dentro estoy absolutamente vivo», asegura un hombre que cree en un Dios interior y profundo, un Dios que «no interviene en las cosas» y al que no idolatra: «Rechazo al dios mágico de la Iglesia, al dios de la idolatría, al dios que han colocado en una cúspide justiciera para pervertir el mensaje de Jesús con dogmas y jerarquías, con prohibiciones, sacramentos y estructuras burocráticas que persiguen el poder. El Concilio Vaticano II fue desmontado casi desde el principio para volver a Trento, que es donde estamos ahora», asegura. El profesor Herrero, que conoció el Sandinismo en la propia Nicaragua, se sigue sintiendo revolucionario: «Fukuyama habló del fin de la historia pero mentía. Muchas revoluciones han fracasado porque ha faltado coherencia y ha sobrado ansia de poder, pero no nos podemos quedar de brazos cruzados pensando en la resignación. Yo, mientras tenga fuerzas, seguiré luchando».

o QUE FUE DE... JUAN LUIS HERRERO es un reportaje que he publicado hoy en Diario La Rioja con fotos de Justo Rodríguez.
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Un paseo por Bodegas Ontañón

Sumergirse en Bodegas Ontañón es penetrar en un espacio donde el mundo del vino se da la mano con el arte en una sucesión de sensaciones que tienen que ver tanto con la sensibilidad del fallecido artista Miguel Ángel Sáinz (Riojano Ilustre, 2004), como con su feliz encuentro con Gabriel Pérez, propietario de la bodega y un pionero en la idea de unir vino y arte de una forma tan especial que se consigue fusionar radicalmente las obras de este escultor/pintor/diseñador y arquitecto en un espacio sagrado –la bodega– donde descansa el vino a la vera de seres mitológicos e imaginarios. Porque Miguel Ángel Sáinz no se planteó el diseño estructural de la bodega como una mera galería donde colgar o instalar su obras. Más bien se puede decir todo lo contrario, ya que desde que se entra y sin olvidar la escultura de Ganímedes –el copero de Zeus– que preside la fachada principal del edificio, la sensación en el visitante es sobrecogedora. Ontañón abre sus dos ciclópeas puertas –con barricas grabadas en una especie de bronce verdoso y envejecido que apenas matiza la presencia del ánfora sagrada– y se abandona de súbito la dudosa claridad del día para penetrar en un templo con imágenes matizadas por una luz que perezosamente logra colarse, aunque mitigada, por la textura de las vidrieras del introito. Allí, en medio del silencio, existe una mesa pétrea que apenas se adivina en la penumbra pero que sabe de la condición humana como pocas cosas en este mundo: todos la acarician cuando la conocen y eso invita a pensar que quizás el hombre no sea tan lobo para el hombre como parece al leer cada día los periódicos o al asomarse a la televisión, dicho sea de paso y a pesar de Hobbes. Ontañón es también un laberinto al que interpela un pasillo con las estaciones del Vía Crucis donde descansan miles de botellas en las que se reflejan en un juego de milimétricas aliteraciones decenas de destellos en sus lomos. Además, se pegan a un suelo marrón que se sabe que nos acompaña por la propia ley de la gravedad, pero que pasa desapercibido. Y como apariciones mágicas e inesperadas, de la obra de Miguel Ángel Sáinz se replica de nuevo su ingenio para brotar una tras otra sus esculturas. Dos son las salas en las que óleos y carboncillos se miran a los ojos. Pero en la nave de barricas, donde maceran los caldos, hay un sitio reservado para Oinopión, hijo de Dionisio y Ariadna, criador de vino por excelencia y rey en la isla de Quios, de donde procedían los mejores caldos de la antigua Grecia, singularmente el llamado Prennios. En la bodega está representado trasegando unas ánforas de vino a lomos de un centauro, que por lo común eran criaturas montaraces, violentas y encabronadas, lascivas y amantes de beber el vino con exceso. Aunque hubo unos pocos que destacaron por su inteligencia y generosidad. El centauro Folos, representado en la escultura, fue mentor de Dionisio. Dos causas le encaminaron al sueño eterno, la primera: ser generoso en compartir el vino de los centauros para homenajear a Hércules. Y después, por su curiosidad científica, al querer indagar el poder de las flechas envenenadas de Hércules; una de ellas le rozó, causándole la muerte. El centauro, por combinar en su ser mitológico el genio humano con los instintos primarios del genio animal, es símbolo del enriquecimiento del hombre por el conocimiento y control de los instintos más poderosos de la naturaleza. En la elaboración de los vinos más excelentes está la conjunción de la inteligencia humana que equilibra la fuerza fermentadora de la naturaleza. Este espacio es paradigmático y, a la vez, el centro de gravedad de esta bodega, es como su cerebro. Por eso, y como dejó escrito el propio Miguel Ángel Sáinz, Oinopión es la síntesis de todos los conocimientos de su padre Dionisio respecto de las uvas y del vino, y los del centauro Folos, conocedor profundo del impulso íntimo de la naturaleza, formando un equipo de trabajo sugerente y complementario.