martes 14 de julio de 2009

Tomás y los 'Teletubbies'

o Este artículo, de Ignacio Vidal-Folch, aparece hoy en la edición catalana de El País

El mismo "líder de opinión" que años atrás abanderó la lucha contra los toros de cartón de Osborne
, símbolos terriblemente agresivos de España y del machismo que se erguían sobre los cerros (lucha sin cuartel, coronada, como se sabe, por un éxito sin paliativos), ahora la ha tomado con los toros de verdad, y cuando José Tomás viene a La Monumental para jugarse la vida y al mismo tiempo intentar dibujar algo de arte en el aire, el líder lo acusa de venir a Cataluña a "provocar", y lo que es peor, le acusa de "minoritario". El tremendo anatema se viene a sumar a la labor incesante, y desinteresada aunque bien pagá, de otros nacionalistas para suprimir de nuestras vidas cuanto suene a imaginario español, desde la lengua castellana en el colegio ("recordeu: al pati, també en català!") o en Francfort, hasta la tauromaquia. En esto último su voz viene a sumarse a los dengues y melindres de unos exaltados defensores de los animales que desfilan por los alrededores de la plaza sacudiendo pancartas que exigen: "José Tomás: ¡Suicídate!", y con unos espesos funcionarios municipales que simulan creer que la vida en Barcelona es un programa de los Teletubbies. La necedad hace extraños (y poco suculentos) compañeros de cama.

Por los toros, señora mía, usted no se angustie: se van a acabar porque son el único y peligroso espectáculo del mundo en que la representación se funde con la realidad: un atavismo que sobrevive desde el fondo de los siglos y no el habitual sucedáneo. Por eso son cada año más "minoritarios" y por eso y por todo lo dicho algún funcionario más o menos risueño pondrá el tamponazo de "prohibido". Pero el otro día, todavía, ese José Tomás se plantó ante uno, y luego otro, y luego otro toro, y dijo sobre la vida algo que ni yo, ni mucho menos usted, es capaz de decir, y demostró de manera irrefutable que un hombre es algo más que un teletubbie.

1 comentarios:

david_izurieta dijo...

Me resulta bastante tonto aquella idea de "desterrar todo lo español de Cataluña". Me molesta realmente. Porque seguramente estas personas que andan por ahi atacando todo lo español se habran pegado su buena borrachera con los titulos del Barca en la Copa del Rey de ESPAÑA, la Liga de Futbol de Primera Division de ESPAÑA y la Champions que jugaron con cupo de representacion por ESPAÑA!!! Lo lamentable es que estas personas buscan envenenar la mente de la gente comun, aquellas personas que se sienten tan catalanes como españoles. Luego llega el fundamentalismo y despues...despues llegan las bombas, los atentados y la sangre!
Tomas ha demostrado que puede poner a Barcelona de cabeza y por eso esta gente le teme! El antitaurinismo catalan ha demostrado su tremenda ineptitud, pues cuando la Fiesta estaba para la puntilla, llega JT y la pone en un nivel donde es muy dificil que la acaben

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Un paseo por Bodegas Ontañón

Sumergirse en Bodegas Ontañón es penetrar en un espacio donde el mundo del vino se da la mano con el arte en una sucesión de sensaciones que tienen que ver tanto con la sensibilidad del fallecido artista Miguel Ángel Sáinz (Riojano Ilustre, 2004), como con su feliz encuentro con Gabriel Pérez, propietario de la bodega y un pionero en la idea de unir vino y arte de una forma tan especial que se consigue fusionar radicalmente las obras de este escultor/pintor/diseñador y arquitecto en un espacio sagrado –la bodega– donde descansa el vino a la vera de seres mitológicos e imaginarios. Porque Miguel Ángel Sáinz no se planteó el diseño estructural de la bodega como una mera galería donde colgar o instalar su obras. Más bien se puede decir todo lo contrario, ya que desde que se entra y sin olvidar la escultura de Ganímedes –el copero de Zeus– que preside la fachada principal del edificio, la sensación en el visitante es sobrecogedora. Ontañón abre sus dos ciclópeas puertas –con barricas grabadas en una especie de bronce verdoso y envejecido que apenas matiza la presencia del ánfora sagrada– y se abandona de súbito la dudosa claridad del día para penetrar en un templo con imágenes matizadas por una luz que perezosamente logra colarse, aunque mitigada, por la textura de las vidrieras del introito. Allí, en medio del silencio, existe una mesa pétrea que apenas se adivina en la penumbra pero que sabe de la condición humana como pocas cosas en este mundo: todos la acarician cuando la conocen y eso invita a pensar que quizás el hombre no sea tan lobo para el hombre como parece al leer cada día los periódicos o al asomarse a la televisión, dicho sea de paso y a pesar de Hobbes. Ontañón es también un laberinto al que interpela un pasillo con las estaciones del Vía Crucis donde descansan miles de botellas en las que se reflejan en un juego de milimétricas aliteraciones decenas de destellos en sus lomos. Además, se pegan a un suelo marrón que se sabe que nos acompaña por la propia ley de la gravedad, pero que pasa desapercibido. Y como apariciones mágicas e inesperadas, de la obra de Miguel Ángel Sáinz se replica de nuevo su ingenio para brotar una tras otra sus esculturas. Dos son las salas en las que óleos y carboncillos se miran a los ojos. Pero en la nave de barricas, donde maceran los caldos, hay un sitio reservado para Oinopión, hijo de Dionisio y Ariadna, criador de vino por excelencia y rey en la isla de Quios, de donde procedían los mejores caldos de la antigua Grecia, singularmente el llamado Prennios. En la bodega está representado trasegando unas ánforas de vino a lomos de un centauro, que por lo común eran criaturas montaraces, violentas y encabronadas, lascivas y amantes de beber el vino con exceso. Aunque hubo unos pocos que destacaron por su inteligencia y generosidad. El centauro Folos, representado en la escultura, fue mentor de Dionisio. Dos causas le encaminaron al sueño eterno, la primera: ser generoso en compartir el vino de los centauros para homenajear a Hércules. Y después, por su curiosidad científica, al querer indagar el poder de las flechas envenenadas de Hércules; una de ellas le rozó, causándole la muerte. El centauro, por combinar en su ser mitológico el genio humano con los instintos primarios del genio animal, es símbolo del enriquecimiento del hombre por el conocimiento y control de los instintos más poderosos de la naturaleza. En la elaboración de los vinos más excelentes está la conjunción de la inteligencia humana que equilibra la fuerza fermentadora de la naturaleza. Este espacio es paradigmático y, a la vez, el centro de gravedad de esta bodega, es como su cerebro. Por eso, y como dejó escrito el propio Miguel Ángel Sáinz, Oinopión es la síntesis de todos los conocimientos de su padre Dionisio respecto de las uvas y del vino, y los del centauro Folos, conocedor profundo del impulso íntimo de la naturaleza, formando un equipo de trabajo sugerente y complementario.