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Este señor de la izquierda es César Antonio Molina, ministro de la cosa de la cultura, que no de la cultura; ministro del negociado de las subvenciones a los amigos de sus amigos, de los culturetas de la misma cuerda (sea ésta o la otra, venga de acá o de acullá) y ministro, al fin, de algo así como poner puertas al campo, redecillas de colores al mar o de contar los aleteos de las mariposas en primavera.
Y debe de aburrirse mucho entre conferencias sectoriales y comisiones de acólitos, entre ruedas de prensa coñazo, pomposas inauguraciones y viajes oficiales, porque no se le ha ocurrido otra cosa que conceder la Medalla de Oro de las Bellas Artes a Fran Rivera Ordóñez, acaso el toreo más vulgar de las últimas cinco décadas y la definción misma de la mayoría de las cosas que no soporto del mundo de los toros, de la caspa y de la mamandurria.
No recuerdo semejante ofensa de una institución a las corridas de toros. No. Y es que a lo mejor lo hacen para beneficiar, quiero pensar. Y da grima ver al niño Fran como representante del toreo junto a personalidades como Arzak, Charo López, Blanca Lí, Labordeta o Rafael Frübeck de Burgos, cada uno de su cosa y Fran... de la nuestra.
Qué dimita cuanto antes, que se vaya a Quintos de Mora a cazar, que lo nombre ZP embajador plenipotenciario en la Ínsula de Barataria y que nos deje este Gobierno de martirizar con tanta ideica curiosa: bombillas de bajo consumo, fuera-corbatas, y ahora, un cultureta que le va la marcha con Fran Rivera, Medalla de Oro de las Bellas Artes, para gloria supina de lo que un día fue el bello arte del toreo.
o Addenda. Las razones (alucinantes) esgrimidas para conceder a Fran la dichosa medallita: Tras cosechar éxitos en las distintas plazas, a partir de 2000 acortó su número de actuaciones dando prioridad a afinar su técnica que resulta ahora más estética, reposada y profunda. Así lo demuestra en sus últimas faenas reseñables entre las que están las Ferias de Madrid del 2001 y 2002 o la Goyesca del pasado 2008. Firmado: César Antonio Molina, Ministro de Cultura.
Un paseo por Bodegas Ontañón
Sumergirse en Bodegas Ontañón es penetrar en un espacio donde el mundo del vino se da la mano con el arte en una sucesión de sensaciones que tienen que ver tanto con la sensibilidad del fallecido artista Miguel Ángel Sáinz (Riojano Ilustre, 2004), como con su feliz encuentro con Gabriel Pérez, propietario de la bodega y un pionero en la idea de unir vino y arte de una forma tan especial que se consigue fusionar radicalmente las obras de este escultor/pintor/diseñador y arquitecto en un espacio sagrado –la bodega– donde descansa el vino a la vera de seres mitológicos e imaginarios. Porque Miguel Ángel Sáinz no se planteó el diseño estructural de la bodega como una mera galería donde colgar o instalar su obras. Más bien se puede decir todo lo contrario, ya que desde que se entra y sin olvidar la escultura de Ganímedes –el copero de Zeus– que preside la fachada principal del edificio, la sensación en el visitante es sobrecogedora. Ontañón abre sus dos ciclópeas puertas –con barricas grabadas en una especie de bronce verdoso y envejecido que apenas matiza la presencia del ánfora sagrada– y se abandona de súbito la dudosa claridad del día para penetrar en un templo con imágenes matizadas por una luz que perezosamente logra colarse, aunque mitigada, por la textura de las vidrieras del introito. Allí, en medio del silencio, existe una mesa pétrea que apenas se adivina en la penumbra pero que sabe de la condición humana como pocas cosas en este mundo: todos la acarician cuando la conocen y eso invita a pensar que quizás el hombre no sea tan lobo para el hombre como parece al leer cada día los periódicos o al asomarse a la televisión, dicho sea de paso y a pesar de Hobbes. Ontañón es también un laberinto al que interpela un pasillo con las estaciones del Vía Crucis donde descansan miles de botellas en las que se reflejan en un juego de milimétricas aliteraciones decenas de destellos en sus lomos. Además, se pegan a un suelo marrón que se sabe que nos acompaña por la propia ley de la gravedad, pero que pasa desapercibido. Y como apariciones mágicas e inesperadas, de la obra de Miguel Ángel Sáinz se replica de nuevo su ingenio para brotar una tras otra sus esculturas. Dos son las salas en las que óleos y carboncillos se miran a los ojos. Pero en la nave de barricas, donde maceran los caldos, hay un sitio reservado para Oinopión, hijo de Dionisio y Ariadna, criador de vino por excelencia y rey en la isla de Quios, de donde procedían los mejores caldos de la antigua Grecia, singularmente el llamado Prennios. En la bodega está representado trasegando unas ánforas de vino a lomos de un centauro, que por lo común eran criaturas montaraces, violentas y encabronadas, lascivas y amantes de beber el vino con exceso. Aunque hubo unos pocos que destacaron por su inteligencia y generosidad. El centauro Folos, representado en la escultura, fue mentor de Dionisio. Dos causas le encaminaron al sueño eterno, la primera: ser generoso en compartir el vino de los centauros para homenajear a Hércules. Y después, por su curiosidad científica, al querer indagar el poder de las flechas envenenadas de Hércules; una de ellas le rozó, causándole la muerte. El centauro, por combinar en su ser mitológico el genio humano con los instintos primarios del genio animal, es símbolo del enriquecimiento del hombre por el conocimiento y control de los instintos más poderosos de la naturaleza. En la elaboración de los vinos más excelentes está la conjunción de la inteligencia humana que equilibra la fuerza fermentadora de la naturaleza. Este espacio es paradigmático y, a la vez, el centro de gravedad de esta bodega, es como su cerebro. Por eso, y como dejó escrito el propio Miguel Ángel Sáinz, Oinopión es la síntesis de todos los conocimientos de su padre Dionisio respecto de las uvas y del vino, y los del centauro Folos, conocedor profundo del impulso íntimo de la naturaleza, formando un equipo de trabajo sugerente y complementario.
11 comentarios:
Pablo, cuanta razón llevas
Ramón Arrieta
Pues a mí me parece un tío guapo, bello es,,,,
Pues también me sumo a la petición de dimisión. Con el dinero de los contribuyentes no se puede gastar ni un gramo de oro en la medalla de Rivera y en la de alguno más de la lista.
Saludos
Me sumo a su petición en vano intento.
Si no echa a la MetralletaÁlvarez del frete del desfomento ni al furtivo cazador de la huelga de jueces. ¡qué vamos a esperar de este incompetente!
Estoy contigo Pablo. Como puede creer que es arte ser un "pegapases".
De todos modos, si ese va a ser el criterio del ministro, propongo para el próximo año que el premio se lo lleve 'Florito', este por lo menos hace bien su trabajo.
Pues leer las razones para otorgarle la medalla. De traca
Este ministro está majara perdido
Benjamín Valiente (Madrid)
Creo que no va a quedar más remedio que venga Garzón y los impute a todos/as
Ramón Arrieta
Yo también pido su dimisión por no haberle dado el premio a Padilla...
Pablo, te comunico que he copiado un artículo tuyo (con tu nombre y bitácora incluidos obviamente) en este debate en el quete invito a participar: http://www.hhdirecto.net/foro/tauromaquia-el-arte-a-cualquier-precio-t52397.html
"dando prioridad a afinar su técnica que resulta ahora más estética, reposada y profunda", y este ¿es Fran?
Muy bueno lo de la addenda Pablo, me hace reafirmarme en el comentario anterior.
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