lunes, 11 de agosto de 2008

La nada, por Chapu Apaolaza

A mitad de la tarde, El Puerto estaba en la mitad de la nada. Nada por aquí, nada por allá -magia de la mala-, nada en los corazones, nada en la memoria. Una densa niebla resbalaba por la plaza, un velo insípido de decepciones que borraba las sonrisas fila a fila, subiendo por los tendidos con la nada a cuestas, hubiera dicho Federico. A esa hora, que debió ser cuando el quinto de la tarde, ya nadie saludaba, abrazaba, ni mandaba mensajes. Los móviles callaron poco a poco, sin batería de esperanza, inmersos en una pegajosa tarde de quiero y no puedo. Quisieron los aficionados, los cabales y también los que ya venían con la nada en las sienes, puesta desde casa, como la idiota con Rólex que esperaba que un toro se llevara a José Tomás por delante par ver cinco de Morante. Le cogieron en el primero, por lo estático, por un error en el pase de las flores, con dos heridas por asta como feroz testimonio de la tarde. Eso fue lo reseñable. Eso, y un quite por chicuelinas y otro por gaoneras, salpicones de gracia y valor en tarde de blanco nuclear, de encefalograma plano. No quiso enfermería, ni hule, ni anestesia cuando una lengua rojo de sangre descolorida le corría por la pierna desde la nalga y otra herida ardía en la axila. Quizás por eso no pudo con lo demás pese a que quiso. Ni siquiera pudo con la tarea de mandar al purgatorio al tercero de la tarde, el más serio de los de Núñez del Cuvillo, correoso como el pan de ayer, veladamente peligroso, un espía en una ONG que recibió hasta siete descabellos. Así fueron los toros de la tarde, agentes de la desilusión, flojos unos, con mala leche los otros, pérfidos sin dejarse ver ni transmitir al público la emoción de una embestida. A Patrick, a John, a François les costaba creer en la deriva incierta de un espectáculo sin rumbo. No se creían, como no se creía nadie, ver a José Tomás herido y perdido en la faena al quinto -Bobito de nombre-, sin poder obligarlo ni un ápice. No era cuestión, después del sofocón, ver al rey de los toreros de hoy, al hombre más valiente del planeta, tirar líneas al hilo del pitón de una embestida sibilina. No estaba planeado verlo pálido por la paliza ante un asesino con disfraz de boy scout. Los físicos, que dicen que el cero absoluto está a 273 grados por debajo de cero, no entienden de toros. Porque ayer hizo en El Puerto calor pero mucho frío interior, de esos de resaca en el sofá, cuando Morante vestía de guardia al quinto, que se rajó como un cobarde a la tercera tanda y acabó con el pastel. Uno hubiera dicho que se abrían los jirones de niebla con esa faena, cuando Morante se embraguetó con Manzanilla en el capote y se lo llevó a los medios con la contundencia del fandango que le cantó Manuel Orta desde el tendido. Ese ramalazo de Sur pudo ser celebración y se quedó en anecdotilla cuando el toro le enseñó el culo a Morante y dijo aquello de pezuñas para qué os quiero, camino del campo que para él eran las tablas. Y el público, que de todo esto no tiene ninguna culpa, debió perder el norte a eso de las siete en punto de la nada. Fue entonces cuando algunos se pusieron a aplaudir toros mansos al arrastre, y dijeron eso de Bien, picaor después de un puyazo trasero. O cuando le silbaron a un banderillero por trastabillar sobre las tablas y pegarse un culetazo en el cemento del callejón tras un par ajustado. Maldición. No se lo creían tampoco cuando vieron a Morante camino de la enfermería y una voz metálica decía por megafonía -que extraño es oír un megáfono en los toros- que el matador sufría «problemas respiratorios» y que había que esperar diez minutos para que saliese a torear. A todos se les vino a la cabeza el papel couché con Morante fumando un Cohiba como un castillo cuando se arrancó de nuevo Manuel Orta, héroe de la tarde para aquél entonces, gustándose en otro fandango sin torero en la plaza. Estuvieron todos a punto de ser ellos mismos. A punto los toros de romper a embestir, a punto de no rajarse el manso, de galopar el flojo, de humillar casi todos. A punto José tomás de reinar en los terrenos de la locura con dos heridas en las carnes, a punto Morante de rematar en el torero de raza que es, de bordar una faena redonda. Pero no lo hicieron, vaya usted a saber por qué. Porque el destino es un cabrón que dejó ayer a 12.300 con un palmo de narices, un siete en el alma como los dos que lleva Tomás y la nada en la cartera. Camino de las barras, refugio de langostinos y cubatas, se escuchó casi de todo, incluso un voraz silencio de pisadas entre los motores de los coches de los que volvían a casa, desagradable testimonio de una tarde que pudo serlo todo y no fue nada. En la enfermería operaban al torero.

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Artículo publicado en LA VOZ hoy 11 de agosto. Fotografía de Miguel Gómez de José Tomás, herido en el glúteo derecho.

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Después de leer de arriba abajo todos los diarios, de poner contra la pared con ansia analítica cuanto se ha escrito del mano a mano del ayer en el Puerto de Santa María, creo que lo mejor lo ha firmado Chapu Apaolaza. Se llama 'La Nada', aparece en La Voz de Cádiz y yo me he podido solazar con ella en Nadando con Chocos, su Blog gastroeróticomarinotaurinosentimental equidistante de La Concha y el Faro de Trafalgar. Chapu me ha dado permiso para postearla en Toroprensa.

3 comentarios:

Fuentelespino dijo...

Enhorabuena por el artículo. Chapu

Anónimo dijo...

"Así fueron los toros de la tarde, agentes de la desilusión", memorable frase.

Cristina Villaescusa

Chapu Apaolaza 36.32 N / 6.18 O dijo...

Con lectoresy compañeros así da ganas de volver a escribir de toros! Gracias de verdad

gracias por visitar toroprensa.com

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