domingo, 10 de diciembre de 2006

Finca Allende: más allá en Briones (Oda a Miguel Ángel de Gregorio)


Miguel Ángel de Gregorio presenta el palacio renacentista de Briones en el que sueña sus vinos: Finca Allende, Calvario y Aurus

Las ideas mueven al mundo, suele re
petir Miguel Ángel de Gregorio cuando precipita su mirada sobre uno de sus pagos: «Todavía verdean un poco las cepas altas del Calvario», sonríe encaramado desde esa atalaya de las mil almenas que es Briones, frente al desnivel desde donde el Ebro aparece abrazando una lengua de tierra en la que un tractor –a lo lejos– se desplaza perezoso por un camino rodeado de viñas.
Dejando el río a la espalda y con la frente bañada ahora por el viento sur que llega del San Lorenzo, aparece como un cubo el Palacio de Ibarra –una mole renacentista del siglo XVI– y los tejados ocres de Finca Allende, un espacio donde todo fluye en pos del vino: «Ésta es mi ideología; nada me importa más que el vino y todo está hecho para él», sentencia antes de descolgar el móvil, supervisar unos pedidos y preguntar por la maloláctica.
Miguel Ángel de Gregorio se desenvuelve con pasión entre los robles franceses de su sala de barricas: «Necesit
o referencias espaciales, me gustan los lugares abiertos tanto para mí como para que el vino respire y se exprese con naturalidad, porque el vino es una bebida refrescante», asegura mientras sube por una escalera de piedra que es la única concesión ecléctica de la instalación moderna. «Es como una conexión con el pasado que ahora, de forma juguetona, va a ser el futuro». De Gregorio se refiere al Palacio Ibarra, que casi ha vaciado por sus adentros: se salvan unas antañonas escaleras, una cúpula que por dentro y desde arriba parece un guardaviñas en el cielo y las columnas de piedra arenisca que aportan al conjunto esa rara sensación de ingravidez que a veces ofrecen ciertos vinos y determinadas conversaciones.
Dos espacios inferiores serán estrictamente bodega: «Aquí voy a criar vinos salidos, a lo mejor de dos únicas barricas, porque Rioja es la tierra de los mil vinos...». Miguel Ángel de Gregorio se encarama por las nuevas instalaciones de lo que será –para marzo– el nuevo cerebro de su bodega: «Todo está muy pensado y lo hemos realizado respetando al máximo el edificio, desde las salas de cata hasta los laboratorios; desde los despachos hasta la vivienda o los salones para presentar, por ejemplo, un nuevo
vino...».
Finca Allende nació de los anhelos de Miguel Ángel: «Mi horizonte en el tiempo es largo y me gusta pensar en trayectos de treinta años y cosas así, por eso lo de allende, que es más allá, (combinación etimológica de allén –1084– con de). Pero lo que funciona como adverbio o adjetivo en la gramática, en la enología es un sustantivo evocador de un sueño. «Arriba existe un mirador desde el que se divisa toda la zona, desde San Lorenzo a la Sierra de Cantabria»; es decir, el más allá de los vinos con los que
juguetea Miguel Ángel de Gregorio en sus pagos en ladera donde de la tierra colorá y arcillosa extrae con precisión casi algorítmica sus impresionantes «bebidas refrescantes».

Su Borgoña particular
Miguel Ángel de Gregorio puede parecer irreverente o quizás iconoclasta pero repite sus referencias con frecuencia y para ello mira al suelo, a la tierra, al concepto de terroir borgoñés que le apasiona: cada pago es un mundo, con su suelo, con su altura y microclima y «eso lo he encontrado en Briones, tipicidad a cada paso. Y dentro de unos años sabremos todavía más y haremos mejores vinos porque contaremos con más información para ello». La bodega fue fundada en 1995 y sus viñedos se encuentran en una altitud entre los 415 y 480 metros en suelos cuya composición es mayoritariamente arcillo calcáreo con sustratos aluviales.
Artículo publicado en Diario La Rioja. Las fotos son de Fernando Díaz

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