domingo, 4 de junio de 2006

Un viaje iniciático

1600 kilómetros y casi 20 horas de camioneta para un suspiro de 20 minutos. Así suelen suceder las cosas en la vida de los rejoneadores jóvenes que luchan por abrirse paso en un mundo muy diferente al del toreo a pie pero que acarrea unas complicaciones logísticas increíbles, ya que mover los trailers con los caballos de punta a punta del mapa se las trae. Desde el coche de cuadrillas se vigila en cada momento la situación de los equinos, la superación de enfermedades, golpes, dolencias de toda clase y condición. El camión lo conduce el tercero de la cuadrilla al que le acompaña otro banderillero y dos mozos de cuadra.

En el viaje del sábado, el objetivo era una corrida de rejones matinal en Nimes, en su Coliseo Romano. Sergio Domínguez, de 20 años, actuó en esta plaza hace dos temporadas y cortó tres orejas. Ahora, el objetivo era mantener el cartel dos años después y sin volver a pisar aquella plaza en otro festejo en el que sólo iba a tener la oportunidad de enfrentarse a un solo astado.
Salimos el viernes por la tarde desde Calahorra, aunque los caballos habían partido antes de comer. Antes de llegar a Zaragoza se unió a la expedición el apoderado, Víctor de la Serna, que venía desde Madrid. En el furgón estábamos Sergio, su padre Domingo (que conduce con una precisión milimétrica y que nunca se cansa), el mozo de espadas y un banderillero. Además de este periodista que confesaba que nunca había ido en un coche de cuadrillas y que estaba tan ilusionado por la experiencia como por el objetivo de Sergio, rejoneador y sobre todo, amigo. Antes de llegar a la frontera paramos a cenar en torno a la media noche.

La llegada a Nimes fue gloriosa: todas las vallas de la ciudad se fueron abriendo hasta el Hotel al darse cuenta los voluntarios de la seguridad municipal que en aquella furgoneta iba "le toreadror". Mercí, decíamos al unísono mientras buscábamos entre los supervivientes de los botellones el hotel donde descansar. A las puertas estaban en conversación los apoderados de Castella, el bicho, que había triunfado frente a El Juli unas horas antes. Luis Álvarez, uno de sus mentores, confirmaba que era casi seguro que Sebastián iba a estar dos tardes en la próxima feria de San Mateo de Logroño, lo que me dio una gran alegría.
A pesar de que casi eran las dos de la madrugada, conecté el ordenador para comprobar que al día siguiente, tras la corrida, iba a poder mandar la crónica y las fotos a la redacción de Diario La Rioja. En la habitación íbamos a dormir uno de los banderilleros y el mozo de espadas. A una hora inusual, a las nueve de la mañana, Juan ya estaba vestido de toero. Tuve el honor de ayudarle a ponerse la chaquetilla y de ir con él y el resto de la cuadrilla hasta la plaza tras un frugalísimo desayuno.

El coso de Nimes posee un aspecto increíblemente bello y sus exteriores, cuajado de camiones y caballos toeros, constituía una espectáculo indescriptible con cientos de curiosos viendo el calentamiento de los caballos. Domingo me dio un pase de callejón desde donde pude hacer las fotos de la corrida. Con media hora de antelación entre en el Coliseo, pasee por sus tripas y me fije en la gente que pululaba por su entraña. Me causó sorpresa que ese mismo público podría estar perfectamente viendo un partido de Roland Garros.


En el ruedo las cosas no salieron tan bien como esperábamos. El toro, de trote cansino, se apagó pronto en banderillas y Marlboro –el caballo estrella de Sergio– no tuvo opciones de hacer sus cosas como tantas veces le hemos visto. Sergio estuvo certero con el rejón de muerte y sólo pudo saludar una cerrada ovación de los espectadores.
Al acabar la corrida fui rápido al hotel: descargué las fotos, escribí la crónica y lo envié todo a Logroño. A eso de las tres de la tarde, con las caras menos alegres que el día anterior, la comitiva riojana ya estaba de camino hacia Calahorra. Sergio estaba cariacontecido. Había silencio, más cansancio que cuando se triunfa, pero autocrítica: ¿Dónde hemos fallado? ¿en qué? ¿Cómo lo vamos a solucionar?. Sólo había un toro y la cosa no ha funcionado. En esos momentos, un coche de cuadrillas es un espacio donde la tensión se masca en cada nanogramo de espacio. Es una metáfora de la vida. Y yo allí, en medio de los sueños de Sergio y de su padre, en silencio, repasando mentalmente la faena, los toros, las fotos enviadas a Logroño y el enfoque que había impreso en mi crónica.

Tras comer en un área de servicio cerca de Alés en un punto determinado en el que también había parado el camión con los caballos, todavía quedaban casi 700 kilómetros para llegar a casa. Ya de madrugada, yo me fui a la cama, pero Sergio Domínguez se quedó en su casa viendo el video de la corrida y analizándolo todo, junto a su padre. Nunca se me olvidará esta maravillosa experiencia desde dentro del toreo.

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